Charas afgano desde el agujero negro

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¡Menuda diferencia!” -me dije a mí mismo al mirarme al espejo. Todo el cuarto de baño de mi habitación (en el mejor hotel de Rawalpindi, en Pakistán) parecía una sauna, envuelto en una espesa niebla del vapor de agua caliente, tras la ducha de media hora que me había dado. Tuve que frotar el espejo para poder ver mi nueva imagen.

Afeitado y limpio, por primera vez desde hacía semanas. Mi pelo volvía a ser rubio y mi piel más clara que tan sólo dos horas antes. “Han sido los 100 dólares mejor empleados del mundo.” – pensaba mientras me secaba.“¡Esto es vida!” Y, además, dinero fácil: poner en contacto a alguien que quería comprar crema afgana, con un camello local de cierta importancia, que de otra forma no hubieran podido conocer.

Llamaron a la puerta y me puse a salivar, imaginando el inmenso desayuno continental que me subía el room service del hotel. “¡Tortilla de tres huevos con patatas fritas, zumo de naranja recién hecho y café con tostadas!” – murmuraba con apetito voraz. Después de meses en el subcontinente indio, habría matado por esos momentos de dolce vita.

Con el estómago aplaudiéndome, y mi recuperado look de occidental, salí del hotel y tomé un taxi. “A la embajada española” – indiqué al conductor.
Durante el trayecto no podía evitar pensar en aquella pareja -de punks holandeses- que había conocido horas antes en Peshawar, la ciudad sin ley. Allí los hombres pasean con un kalashnikov AK-47 al hombro e, incluso alguna vez, con un lanzamisiles como escudero. Una ciudad donde la vida de un ser humano tenía menos valor que un poco de pan y, sobre todo, si era la de un occidental. La mayoría de sus habitantes eran o bien miembros, o bien simpatizantes de Al Qaeda, y matar a dos rubitos holandeses -infieles ante Alá- era políticamente correcto, e incluso resultaba premiado.

Un corrosivo sentimiento de culpabilidad me chirriaba al oído. “¡Maldito Pepillo Grillo!” – le gritaba a mi conciencia, intentando mitigar mi sentido de la responsabilidad. Pero Pepito Grillo es un tipo muy pesado, e insistente hasta hacerse escuchar. Y -con su petulante vocecilla- me decía que haber dejado a dos guiris ignorantes, en manos de un gran hijo de puta pastún, no era lo correcto. “Manda huevos!!” – me decía a mí mismo- ”¡Como si alguien lo hubiera hecho mejor! ¡Yo no lo tuve tan sencillo, ni conté con ayuda cuando llegué aquí!

Intentaba racionalizar la situación. Me encuentro una parejita de holandeses, de mi misma edad y con look de tipos curtidos (para la noche de Amsterdam). Los encuentro, por simple casualidad, en la ciudad sin ley y para colmo, vienen buscando alguien que les ayude en la compra de dos kilos del mejor hachís del mundo: la crema afgana. El destino es quien cruza nuestros caminos y hace que nos encontremos: ellos sin conocer a nadie y yo conociendo a un traficante que tiene acceso al codiciado producto. Y como la ocasión la pintan calva, yo sin blanca -intentado salir de aquel agujero-y ellos con los bolsillos repletos de dólares frescos... ¿qué podía hacer? Pues lo que mi instinto de supervivencia -y genes de buscavidas- me dictaron: les ofrecí asesoramiento sobre cómo negociar con estos taimados tahúres, y el contacto del traficante que disponía de su buscada crema -ya dispuesto para hacer negocios con ellos, atajando todos los protocolarios (y largos) pasos intermedios de una negociación con un narco pastún- a cambio de cobrarles 500 dólares que me permitieran llegar de nuevo a España, una vez agotados mis recursos.

Para ellos, esa cantidad no significaba nada, mientras que para mí marcaba la diferencia entre seguir adelante o fracasar. Entonces, ¿por qué no estaba feliz conmigo mismo? Porque a pesar de tener aquel aspecto de tipos curtidos, todas sus experiencias vitales no significaban nada en aquel agujero, negro y olvidado de la mano de cualquier deidad. En su país natal eran dos cracks, capaces de salir adelante en cualquier situación; en Peshawar, eran dos presas fáciles para los miles de depredadores -en su entorno natural- que les rondarían 24 horas al día en busca de carnaza.

La cuestión es que los camellos de Peshawar -de raza pastún- son tiburones; todos, sin excepción. Por algo se apellidan Khan; son los dignos sucesores de Gengis Khan. Y el mítico señor mongol, no se distinguía precisamente por su respeto a la vida y la propiedad ajena. He conocido a muchos traficantes en esa ciudad, y ninguno es mejor que el que les proporcioné, aunque eso no quería decir que fuera suficientemente bueno. Con cada ronde en mi cabeza, de pensamiento racionalizador, se aliviaba mi agobio y me sentía mejor. Pero Pepito Grillo no estaba por la labor de callarse...

24 horas antes

Me negaba a regresar a la realidad. Me negaba a abrir los ojos e incorporarme de mi camastro, rudimentariamente hecho de bambú y tiras de cáñamo. El cansancio se hacía palpable. Mis músculos estaban bañados en ácido láctico, convirtiendo el menor movimiento en un martirio que se me antojaba insoportable. “Como no tires de tus huevos y te pongas en marcha, nadie lo va a hacer por ti” – me dije en un absurdo diálogo interior, que ya sonaba a música conocida. Pero no tenía que decírmelo, ya que era muy consciente de mi situación y los riesgos que implicaba, sino que tenía que hacerlo de una vez: salir de aquella ciudad ese mismo día e iniciar el largo camino a casa. En aquellos instantes de desasosiego, me vino a la mente una vieja canción country, que decía: “ …the long long way back home…

TALIBONE

¡El largo camino de vuelta a casa! Llevaba siete meses por aquellas tierras medievales, sin saber muy bien qué hice para terminar en aquel punto conflictivo del planeta. Estaba agotado; eso hacía que mi rostro no expresara temor nunca, con mis ojos ya acostumbrados a la locura en aquel “lejano oeste” llenos de chilabas y turbantes.

Abrí los ojos con la esperanza de que algo hubiera mejorado; al menos un poco… Pero no, ni siquiera el día de mi cumpleaños la realidad se había modificado -por sí misma- ni un miserable ápice. Nueve metros cuadrados de habitación en uno de los antros más infectos de Peshawar, cuyo mobiliario estaba constituido por mi catre, una vieja silla, lo que algún día debió ser un espejo sin fracturas y una destartalada mesa pequeña.

El tugurio estaba regentado por un viejo canalla, de raza (cómo no) pastún: Mister Khan. Aquel hombre producía un miedo instintivo, a cualquiera que no hubiera perdido el norte hace tiempo. A pesar de su edad, bien pasados los sesenta, era un tipo fuerte, siempre vestido con kurta blanca y turbante del mismo color. Se mesaba constantemente sus larguísimas barbas blancas, mientras que su único ojo -verde intenso como el de una víbora- te escudriñaba metódicamente. Estudiaba tus debilidades y puntos flacos, para saber dónde y cómo debía situar el cebo y la trampa, porque se tomaba cada transacción comercial como la caza de una presa. Traficaba con heroína, hachís, armas, medicamentos, antigüedades e incluso con seres -u órganos- humanos, si estaban suficientemente bien pagados. A mí, Mr.Khan me proporcionaba el mejor charas afgano -un hachís de exquisito paladar y sorprendente potencia- que tanto bien me hacía en mi situación. Su “hotel” era una mera tapadera, que le servía al mismo tiempo para enterarse de todo lo que allí se decía, y delatar ante la policía local a los compradores de la competencia que -sin nadie que les informase- desconocían el terreno que pisaban.

Tras finalmente conseguir levantarme, me miré en el espejo, y la imagen que me devolvió no me gustó . Tenía unas bolsas en los ojos que parecían jorobas de dromedario, y mi pelo -largo hasta los hombros- estaba sucio y desaliñado. Hacía ya dos meses que no me afeitaba y la barba me otorgaba el aspecto de un mujahid (guerrillero talibán). Más aún por el hecho de ir vestido a la manera tradicional pastún. En una ciudad como Peshawar, un occidental es una presa demasiado codiciada para todo delincuente y en especial para ser víctima de un secuestro. A mí apenas me preocupaba -con esas barbas- ya que “casi” podía pasar como uno de ellos, porque entre los pastunes son frecuentes los ojos claros, como los que tengo yo.

Saqué de mi bolsa de mano los restos de una pita de kebab. Allí sobrevivían desde el día anterior, y los comí sin ganas para que no se echasen a perder. Bebí un poco de chai frío -té, también del día anterior- e inmediatamente cargué mi cachimba con medio gramo de charas y un poco de opio. Dos bocanadas intensas; frío y dolor comenzaron a remitir. “Feliz cumpleaños” – me dije alzando la cachimba. Cuando el humo de mi cachimba comenzó a formar voluptuosas figuras, me vino a la cabeza el mejor relato corto del escritor Rudyard Kipling: "Humo azul", estaba ambientado en un fumadero de opio. Me sentí ya con más fuerzas y decidí que, aquel día, y fuera como fuera, saldría de Peshawar, iniciando por fin mi largamente esquivado retorno. Pero condición "sine qua non" tenía que conseguir algo de dinero. Estaba sin blanca y necesitaba -al menos- llegar a Nueva Delhi, para que allí un buen amigo me facilitara la cantidad necesaria para volar con Aeroflot hasta Madrid.

TALIBTWO

Revisé mi bolsa de fotografía -buscando algo que convertir en dinero- y saqué mis dos recursos más preciados: una botella de 1L de whisky (ilegal en este país) y una pistola Astra (Made in Spain) que había comprado un mes antes a un vendedor kazajo, en la ciudad de Darra. En esta localidad, el cien por cien de los comercios está dedicado a la fabricación de réplicas de armas procedentes de todas las nacionalidades. Mi pistola tenía 4 balas de 9 mm. en el cargador, siendo equilibrada en el peso y potente, lo que hacía de ella un arma formidable. Era muy utilizada por los talibanes, por tener un color plateado que le daba un toque de clase especial, si es que se puede hablar de clase en un artilugio destinado a matar…

Tras vaciar mis bolsillos, comprobé que todo mi capital ascendía a 68 dólares, algunas rupias, el whisky y la pistola por la que Ahmed iba a pagarme 100 dólares, aunque en rupias pakistaníes. Era una miseria pero, al menos, me servirían para llegar hasta la ciudad de Islamabad, donde tenía viejos conocidos en la embajada española que, además de cobijo, me darían algo de dinero para volar hasta Delhi y desde allí seguir con mi plan. Con el plan A, en el que necesitaba creer desesperadamente, porque no tenía plan B y dudaba de que pudiera existir al mirar hacia el futuro desde aquel agujero.

La idea de bajar a la primera planta, donde además de una letrina infecta y visitada por ratas del tamaño de un conejo, había un grifo de agua fría y un cubo para lavarte, era superior a mis fuerzas. A finales de febrero, y tras haberme aliviado con mi vieja cachimba, el agua helada me parecía una pésima alternativa.

Por lo tanto, simplemente recogí mi bolsa multiusos -fotografía y ropa- largándome al bazar en busca del comprador de mi arma.

Al salir, Mr. Khan, me preguntó por mis planes. Yo procuraba no contarle el menor detalle relevante de mi vida, por el miedo instintivo que tenía de aquel viejo lobo. Le suponía capaz de venderme por menos de un dólar, y si detectaba que estaba intentando largarme, podría causarme problemas graves. Intentando echar balones fuera, le dije que probablemente estaría ausente un par de días. El pastún me miró fijamente, con su único ojo, mientras yo intentaba no petrificarme delante de aquel tipo, que daba la impresión de leer mi mente. El miedo finalmente me impulsó hacia fuera: cualquier conversación y salí rápidamente de aquel agujero inmundo.

Como siempre, las calles de Peshawar rebosaban de actividad. El sonido, cacofónico e irritante, del claxon de los rickshaws (motocarros que hacen de taxis) intentando llamar la atención de un posible cliente, o simplemente anunciando su presencia para evitar atropellar a algún transeúnte, humano o animal, amartillaba mis sienes. Descomunales batracios de dos jorobas, cargados con inmensos fardos; puestos ambulantes que impregnaban la calle de todo tipo de olores; shawarmas repletas de clientes, que portaban sus kalashnikovs siempre dispuestos a usarlos ante quien se pusiera delante; traficantes de armas, de “caballo” y de caballos, de charas, de medicinas... y un constante sonido de fondo , proveniente de las miles de mezquitas, donde los mullhas llaman a la oración a sus fieles, completaban la escena. “Allah akbar” – canturreaban repetidamente con una melodía que, a mí, me resultaba familiar por su enorme parecido a las saetas andaluzas. La mayoría de aquellos templos eran centros de reclutamiento de jihadistas, ansiosos de matar infieles. No por convencimiento; más bien como única manera de ganarse la vida de forma “honorable”, y asegurarse un lugar en el Jardín del Edén con sus bellas vírgenes, que lo colmarían de gozos carnales indescriptibles.

Cuando finalmente llegué a nuestro lugar de encuentro, me preocupó que Ahmed no estuviera ya esperándome. Angustiado, me senté en una shawarma y pedí un te con leche. Aunque la taza estaba muy sucia, el chai estaba tan caliente, que acabó de recomponerme y comencé a pensar con más lucidez en mis alternativas. Pero el tiempo pasó y me rendí a la evidencia: estaba solo y muy jodido de recursos. Pensé en entregar mi arma a Mr.Khan como pago por los días adeudados, sabiendo que al ser conocedor del apuro que sufría, no perdería ocasión en explotarlo.

TALIBTHREE

Esperé más de una hora antes de regresar al hotel, donde Mr Khan me miró cual Prometeo con su único ojo y me dijo sonriendo: “¡Qué alegría tenerle de vuelta tan pronto! ¿Todo bien?” – preguntó. Respondí con evasivas y recuperé la llave de mi vieja habitación. ¡Qué desolación sentí! Mi cabeza daba vueltas y más vueltas, sin conseguir llegar a ninguna conclusión. Volví a encender una cachimba, esta vez con más opio que charas, y me tumbé en el viejo camastro. No sé cuánto tiempo pasó antes de despertarme -no quería hacerlo- pero cuando no aguanté más, el sol estaba en su cénit y tenía mucha hambre. Sin pensarlo dos veces, salí de nuevo y me encaminé hacia un tumultuoso local, próximo al hotel, donde solía comer cuando me hospedaba en el agujero de Mr. Khan. El olor a fritanga de cordero lo impregnaba todo, y apenas se podía ver más allá de unos pocos metros, por el humo que salía de la cocina.

El caos reinaba por todas partes; parecía imposible encontrar una mesa donde asentar mi cansado culo y comer un viejo cordero y algo de arroz con curry, por unas pocas rupias que me quedaban. Mientras esperaba por la comida, forzando la vista entre la espesa niebla que cubría el lugar por el humo de los bidis (cigarrillos indios) divisé una escena que me pareció tan fuera de lugar, que tuve que frotarme los ojos para asegurarme que el opio y el charas no me habían jugado una mala pasada perceptiva. Pero no; al fondo, intentando inútilmente pasar desapercibidos, había una pareja de occidentales de mi misma edad. Era una pareja de guiris en la treintena, que destacaban en aquel enjambre como un cura en la nieve, y que estaban volviéndose el objeto de todas las miradas y cuchicheos. Vestidos los dos con cuero negro, pantalones y chupas; él con una larga melena rubia y ella con el pelo teñido de naranja y estética de punks. Por si esto fuera poco, ella iba con la ropa ceñida, lo que de haber sido una mujer nativa, le habría costado que la apedreasen hasta la muerte tras violarla. Yo no podía creer su imprudencia, y siendo plenamente consciente de lo vulnerable de su situación, en aquel lugar en el que la mujer es ciudadano de segunda, les mantuve la mirada como un puente que les permitiera agarrarse a la realidad.

En apenas segundos, nuestras miradas se cruzaron. En sus ojos (en los de ambos) se leía una petición muda de socorro. Me aproximé con calma y me senté con ellos como si les conociera de toda la vida.Tras ordenar algo de kebab y unos chapatis, fui directamente al grano: “¿Qué coño hacéis aquí?” Estaban tan aturdidos que, ni siquiera entendían mi pregunta. Con toda la delicadeza que fui capaz, les expliqué que la chica era una provocación y un reto para aquellos salvajes que la desnudaban con los ojos. Me contaron que acababan de llegar en bus desde Rawalpindi, y que aquella shawarma era el lugar más cercano a la estación de buses que habían encontrado. “Estamos haciendo turismo…” – me dijeron. Solté de golpe una carcajada y sin perder la sonrisa, clave en ellos mi mirada. No pude decidir si me encontraba ante los dos gilipollas más grandes del mundo, o ante los dos mentirosos con menos luces del planeta.

En cualquier caso, les expliqué que lo más prudente era salir de allí lo antes posible. Les ofrecí ir a mi hotel para poder hablar más tranquilamente y, de paso, celebrar mi 33 cumpleaños. No era sólo altruismo por mi parte. Era cierto que me preocupaba su estupidez e ignorancia, moviéndose sin conocer las normas de aquella sociedad brutal, anclada en el medievo. Pero he de reconocer que la idea de dos occidentales, recién llegados y con dólares frescos en los bolsillos, era mi mejor regalo de cumpleaños. Cuando Mr Khan nos vio entrar, su único ojo se iluminó con la luz de la codicia. “Ah, Mister Enrique…me alegro de verle en tan grata compañía…” – dijo mientras me alargaba una llave: la llave de la habitación destinada a la asustada e ingenua parejita. “Han venido al mejor hotel de Peshawar…” – dijo mirando a la chica con extremo descaro y poca clase. “¿Se quedarán mucho tiempo? Mr. Enrique sabe que, como aquí, no se puede estar mejor. ¿No es así, Mr. Enrique?” Asentí con un gesto, sin decir nada, y nos dirigimos directamente a la habitación, justo al lado de la mía. Cuando entramos, no pude reprimir la risa al ver sus estupefactas caras. Tanta miseria por cobijo quedaba demasiado lejos de su Amsterdam natal, y pensé que los pobres infelices lo iban a pasar muy mal. No sólo en aquel agujero, que para nada era lo peor del lugar, sino también en aquella violenta y paupérrima ciudad. 

Tras hacerse a la realidad e intentar aceptarla, me preguntaron directamente si tenía algo que fumar. Saqué un poco de charas y una pequeñísima bola de opio. Se les iluminaron los ojos y suspiraron con ansia. Media hora después, completamente relajados y dando gracias a Dios por haberse topado conmigo, me contaron su verdadera intención (que ya imaginaba). Habían venido a Peshawar para comprar dos kilos del mejor hachís del mundo.“Lo hemos intentado en la India…” – me dijeron - “pero la crema afgana es imposible de encontrar”. Era verdad; como el charas afgano no hay nada o, al menos yo, aún no lo he encontrado.

Fui claro y conciso. Les expliqué que no me parecía buena idea arriesgar todo de golpe ni tanta cantidad sin tener buenos contactos y que, desde luego, les urgía un cambio de imagen inmediato, en especial para ella. Si a mí me estaba poniendo cachondo (y es que la chica estaba realmente muy buena para mis ojos tras meses sin sexo) me imaginaba el impacto de aquel cuerpo, con sus interminables piernas y todo ceñido de cuero negro, en la turbia mente de las gentes más reprimidas sexualmente de todo el planeta.

Como no quería perder tiempo, les expliqué que mi ayuda valía 500 dólares y qué incluía exactamente. Que era una oferta cerrada y no negociable, por supuesto a pagar por adelantado. Ni un minuto lo pensaron: la chica se dio la vuelta y sacó de sus bragas una cartera de tela, repleta de dólares. Intentando que yo no viera cuánto contenía, contó cinco billetes de 100 dólares y me los entregó. Tras dejar cerrada la parte económica del asunto, fumamos hasta que el cansancio nos venció mientras comíamos kebab, que mandamos traer de la shawarma, hasta saciarnos. Empujado por una cierta empatía al reconocer rasgos de mi personalidad en su temerario acto y viaje, abrí la botella de whisky y bebimos como holandeses. Reímos y nos contamos muchas cosas de nuestras vidas, pero al final no me quedó claro qué opinión sacaron de mí. La mía sobre ellos cambió poco: o espabilaban o iban a acabar sus vidas de chicos guapos en alguna cárcel de aquella ciudad; o ejecutados ante una cámara de vídeo para después colgar la macabra escena en Internet. No sé cuánto le pagarían a Mr. Khan por ellos, pero seguro que suficiente para que ni lo dudase llegado el momento. Les di mis mejores consejos, atendiendo principalmente a su seguridad, aunque teniendo muy claro que no era yo quien les había llevado Peshawar a comprar charas.

Bajé a recepción a hablar con Mr. Khan, esta vez de negocios. Le expliqué que eran amigos y que intentaban establecer una red segura de compra del mejor charas afgano. Insistí en que serían clientes habituales, y que si se portaba bien con ellos podría ganar cada vez más en los sucesivos viajes. Intentaba hacerle ver que no era rentable engañarles sino que ganaría más haciéndolo bien, ya que serían clientes a largo plazo. No sé si coló o no, pero hice mi mejor papel en pro de la integridad física de aquella inocente pareja.

Regresé a la habitación acompañado de Mr. Khan y, tras presentarles de forma más oficial, les dejé solos para que negociasen a sus anchas; ningún pastún soporta la presencia de un tercero cuando se trata de sus trapicheos, para ellos es como defecar mientras otros te observan: no se hace nunca. Ignoro cómo fue la cosa ya que, tras esperar varias horas en mi habitación, finalmente caí dormido. A la mañana siguiente desperté muy temprano y abandoné el hotel. Al salir, Mr. Khan me dio las gracias, por haberle aportado dos buenos clientes: “Sabe usted que no encontrará alguien más honesto en Peshawar que yo…” – afirmó con total desvergüenza. “Aquí es normal robar a los extranjeros…” – aseguró como si me acabase de revelar un secreto de estado, tapándose ligeramente la boca con la mano.

Sonreí, asentí y le entregué una nota para los dos holandeses, en la que simplemente les deseaba suerte. 

“Adiós Peshawar, adiós Mr. Khan, adiós holandeses...” – susurró mi subconsciente, convencido de que no nos veríamos más. Media hora después estaba en un bus, camino de Rawalpindi en ruta a Islamabad, de vuelta a mi hogar, cuando esa palabra se me antojó vacía de significado, difusa y ajena. Llamar hogar a los restos de un naufragio, devenido en 4 paredes -vacías y sin muebles, sin música ni sonrisas, ni luz eléctrica o agua como descubriría al llegar- era insultar la memoria de lo bueno que en el pasado sucedió en ese lugar al que, por fin, regresaba.

TALIBFOUR

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