Descubrimos una Asociación en España dedicada a la reducción de riesgos en el uso de drogas y a la prevención, radicados en Aragón. Esta ONG publicó en la web de la Asociación de Periodistas de Aragón un “Decálogo de Buenas Prácticas Periodistas respecto al tema de las Drogas” que analizamos.

Consumo ConCiencia por una prensa digna

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Hace unos días me llegaba, de mano de un farmacéutico muy metido en esto de la política de drogas, un link a la página de una nueva -al menos para mí, que no la conocía- asociación en España dedicada a la reducción de riesgos en el uso de drogas. Su nombre es Consumo ConCiencia y están radicados en Aragón, donde no existía ninguna organización que cubriera estos asuntos.

Según he podido ver en su web, son una ONG orientada claramente al enfoque de la reducción versus el enfoque la prevención en materia de drogas. Dicho así, suena como si ambos enfoques fueran excluyentes y no lo son -en teoría- pero en la práctica cuando te encuentras con alguien que dice hacer “prevención en materia de drogas”, lo que tienes delante es una prohibicionista que apoya la guerra contras las drogas, y cuando es un “activista de reducción de riesgos”, es posible que delante tengas a alguien que está contra la prohibición de las drogas y sus terribles consecuencias. Con el paso de los años, uno aprende a hacer esas lecturas rápidas (porque no tenemos tiempo que perder) y que para el oído menos entrenado, puede parece que dicen ambas cosas lo mismo cuando se usan como opuestas.

Sin embargo, exactamente el link que me pasaron no fue el de su web sino de una noticia en la que salían ellos, en la web de la Asociación de Periodistas de Aragón y que resultó una alegría: habían hecho un Decálogo de Buenas Prácticas Periodistas respecto al tema de las Drogas que ahora analizaremos. Además, gracias a esa noticia, pudimos ver otra por la que pudimos informarnos de que era Javier Sánchez, doctor en Historia Contemporánea por la Universidad de Zaragoza.

De entrada decir que cualquier iniciativa de este tipo es beneficiosa para todos. No sólo para quienes consumen drogas y se ven afectados por el continuo mal lenguaje que sobre ellos se vierte, sino para toda la sociedad, que deja de recibir ruido en lugar de información, con las ventajas -educativas y sociales- que dicho tratamiento informativo conlleva.

Y este es el estupendo decálogo que todo periodista debería leer antes de escribir sobre drogas, según Consumo ConCiencia, al que añadimos alguna puntualización para darle color y profundidad -si el lector la desea- mediante referencias en las que pueda ver “a que se refieren en el decálogo”.

1- El alarmismo es contraproducente de cara al trabajo preventivo. Además, en general se debe informar para contribuir reducir el problema, no para agravarlo, como vemos por ejemplo con el modo de abordar el asunto de la llamada “burundanga” (escopolamina).

Nada que añadir. Por eso nosotros hicimos este texto -sobre este mismo punto- llamado Burundanga Madness y Sumisión Química en el que nos reímos un poco de la locura basada en la desinformación en ese asunto.

2- Es imprescindible no contribuir a uniformizar o a estigmatizar a determinados grupos sociales en base a falsos estereotipos y/o prejuicios.

Cierto, de esto los fumetas y usuarios de otras drogas, sabemos mucho: sólo tenemos que leer el Twitter de las distintas policías del estado para ver cómo nos insultan -por consumir drogas- con el dinero que les pagamos para estar trabajando de verdad. Aquí un artículo nuestro al respecto.

3- Utilizar clasificaciones precisas I: la clasificación en “drogas duras” y “drogas blandas” es acientífica. La distinción de sustancias “muy perjudiciales” o “poco perjudiciales” para la salud obedece sólo a una clasificación legal, tampoco científica y, por ello, es importante únicamente a efectos de conocer la ley.

No estamos de acuerdo con que sea acientífica la distinción entre drogas drugas y drogas blandas, ya que no es igual pegar a alguien con un cogollo de yerba que con una placa de hash: el hash en este caso es la droga dura. :p

4- Utilizar clasificaciones precisas II: LSD, hongos psilocibios, peyote, ayahuasca, DMT, etc., no son alucinógenos: son psicodélicos. Éstos últimos no tienen absolutamente nada que ver desde el punto de vista farmacológico con los alucinógenos en sentido estricto, como la escopolamina u otras sustancias.

Aquí si hay que puntualizar algo más. Es cierto que los mal llamados alucinógenos no lo son, ya que no provocan alucinaciones sino visiones. La diferencia entre tener un visión o una alucinación, es que en el primer caso -la visión- la persona sabe que está viendo una visión, sea cual sea. En el segundo caso, la alucinación es una percepción falsa (generada por el cerebro como la visión) pero que el cerebro toma como realidad. Dicho de otra forma, alucinar es delirar y las pocas plantas que son “realmente alucinógenas” como las solanáceas psicoactivas, se llaman también “delirógenas” o productoras de delirios.

En cuanto a la propuesta de la palabra “psicodélicos” (sic) en este caso tenemos que oponernos -en serio- ya que ese término se desechó hace años a favor del término psiquedélicos (el correcto creado por Osmond) para evitar la raíz “psico” que tenía connotación peyorativa (aludía a psicosis). El término fue retomado por Jonathan Ott, quien con otros estudiosos del tema “consensuó” el término “enteógeno”, que tiene también defensores y detractores, pero que se acepta como equivalente de psiquedélico, siendo ambos correctos.

5- Utilizar clasificaciones precisas III: no se trata de “alcohol y drogas” sino, en todo caso, de “alcohol y otras drogas”. El hecho de que una droga sea legal y su consumo esté normalizado no cambia su naturaleza química. El alcohol, el tabaco, el café, el cacao o los tranquilizantes y los antidepresivos de farmacia (por poner sólo algunos ejemplos) también son drogas.

Puede parecer una tontería, pero es importante porque el lenguaje “modula plásticamente nuestro cerebro y nuestro pensamiento”, y la percepción reducida sobre drogas como alcohol o tabaco hace que sean las que más muertos causan en nuestra sociedad pero las más toleradas y aceptadas, estimuladas por su estatus legal.

6- La ficción para el cine: no existe la “droga caníbal” (como se ha “catalogado” a la MetilenDioxiPiroValerona, MDPV). Se debe evitar repetir tópicos infundados.

Aquí voy a romper una lanza a favor de la prensa tradicional y chapucera en materia de drogas. ¿De qué nos íbamos a reír sin sus ocurrencias? Cansados ya de zombies y caníbales, en Cannabis.es tuvimos un invitado que escribió un loco texto sobre “la flakka, esa temible droga que hace -de verdad de la buena- a la gente zombies caníbales que resisten las balas.

Venga... un poco de corazón. No digáis que no son a veces entrañables.

7- La ficción para el cine II: a menudo no se trata de “¡¡una novedosa droga!!”, como por ejemplo se dijo del “tucibi” (2-CB). El término “novedosa” no sólo no es veraz la mayor parte de las veces sino que puede resultar atractivo y, por tanto, también contraproducente de cara a la prevención.

Muy cierto. Aquí ya nos quejamos de la presentación que hicieron -en uno de esos panfletos que llaman periódico y reciben subvenciones del estado- de la familia de las drogas conocida como NBOMe, y que ha causado muertos en muchos lugares del mundo. Es una de esas drogas que nunca habría existido -en la calle- de no ser porque otras menos peligrosas ya están prohibidas, pero que el “periodista” de turno pintaba como “la bomba” y decía que “causaba furor en los suburbios de Barcelona” y que se vendía en “Ositos de gominola” que contenían -exactamente- 16 gotas...

Lo que no decían es que contenía cada gota, ni cómo habían hecho para que el osito de gominola se las bebiera. ¿Habéis probado a darle gotas a un osito de gominola? Pues hacedlo y luego leed el reportaje del genio del periodismo (y les pagan, ojo).

8- La ficción para el cine III: Las drogas realmente novedosas, las llamadas NPS (Nuevas Sustancias Psicoactivas, por su siglas en inglés) o “Legal Highs” constituyen un problema de naturaleza específica y hay que analizarlo con rigor. No son “sales de baño” ni se venden así como un fraude a los consumidores, que son conscientes de que están adquiriendo una droga.

Por supuestos que los consumidores son conscientes de que están comprando una droga, como cuando vas a comprar “popper” a un sex-shop y pides limpiacabezales. Es un inmenso negocio legal, el de la química avanzada, psicoactiva y alegal, creado por la prohibición, que nos pone en peligro a todos ya que permite que cualquier persona sin conocimientos pueda adquirir sustancias que podrían matarte con unos pocos miligramos. Pero es legal, y negocio... :P

9- Es importante tener un marco preciso de análisis del amplísimo tema de las drogas, que comprende aspectos históricos, económicos, políticos y sociales muy complejos. Debemos conocer las implicaciones de un negocio que genera beneficios multibillonarios, intervenciones militares y de otros cuerpos de seguridad del estado, el despliegue de un gran aparato asistencial e importantes consecuencias legales.

Creo que a esto sólo queda añadirle una cosa, en prueba de su capacidad: todos estos años de guerra contra las drogas y sus usuarios, sólo han creado organizaciones criminales que en algunos casos, como en México, se han supuerpuesto al estado hasta descomponerlo como una zona de guerra. Es el fenómeno de los narco-estados, que en el caso de México ni siquiera lo es por ser productor sino por ser vecino del mayor yonqui de la zona: Estados Unidos.

10- Los Cuerpos de Seguridad del Estado conocen la ley pero generalmente no son expertos en farmacología. Es necesario contrastar informaciones sobre sustancias antes de ofrecerlas y, para ello, es deseable consultar a organizaciones de reducción de riesgos (como Consumo ConCiencia…) que pueden ofrecer información y formación precisa.

Los cuerpos de seguridad del estado, son en su inmensa mayoría, personal totalmente carente de formación para hablar de estos temas. Sus noticias suelen ser un compendio de mala información técnica, exhibición de las peores actitudes policiales y moralina de personajes que no han podido evolucionar mucho mentalmente. Por supuesto hay excepciones, pero esta son de carácter “confirmante” para la regla.

Como ejemplo, la última vez que me vi sometido a un drogotest tuve que escuchar como un policía local de mi ciudad me decía (antes siquiera de haber hecho test alguno) que si yo me había saltado la ley (se suponía un positivo en cannabis) por qué él tenía que respetarla conmigo. Como suena.

Por suerte uno tiene ya los huevos pelados de tratar tirinenes con uniforme; le dije que si era el payaso del grupo y estaba ensayando para la cena de Navidad y lo hice constar ante el resto de personas y a la persona que vino a asistirnos con la retirada del vehículo. Pero que 8 policias locales (con fama de ser “la policía del alcalde, que pegan palizas y son una mafia” en el mundo de los abogados) tengan 3 a un chaval de 19 años cacheándole (debo decir que en exceso, para ir con un simple bañador y camiseta con chanclas) y otros 5 a mí, a la 1 de la madrugada en un descampado a 200 metros de la última farola de la ciudad... pues no ayuda a sentirse seguro. No señor juez…

También en esa ocasión, el más preparado de todos (el que ha pasado de 20 horas impartido por la misma marca que les vende el aparatito de analizar babas) se atrevió a contestarme alguna pregunta técnica sobre los drogotest. Le pregunté cuánto era la tasa de corte en el caso del THC del cannabis, y me dijo sonriente: “ja, esa me la sé: ahora te lo digo cuando acabemos”. Y tras acabar le pregunté y me dijo que era de 2 nanogramos para el THC. Yo le contesté, que 2 nanogramos por qué... a lo que ingenuamente me contesto que “por saliva”.

Aguanté la risotada y le dije que no era eso, sino que si él dice que son 2 nanogramos, deben ser por algo: o por litro de sangre, o por kilo de peso, o por metro cubico de fluido, o por alguna medida. En ese punto, el policía -que era el único “majo y normal” del grupito de macarras que nos tocó- me dijo que “es que eso ya no lo sé”. Es decir, sabía un número pero no sabía cómo usarlo. Aunque debo decir que su pista a mí me sirvió de mucho, para futuros textos que veréis en esta misma web sobre los test de drogas y el fraude que son, pero que él demostró que no estaba ni capacitado para pasar el test.

Y hasta aquí el catálogo de Consumo ConCiencia con nuestros comentarios. Deseamos que no sólo la prensa de Aragón, sino la de todo el país y el puñetero planeta, tome en cuenta lo que esta gente les ha dicho y -tras darles las gracias por decirles la verdad- empiecen a tratar a las drogas como un hecho abordable desde la ciencia y no desde la creencia.

Muchas gracias, Consumo ConCiencia, por vuestro trabajo.

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