ELECCIÓN USA: UN ANÁLISIS A LA LUZ DE LOS RESULTADOS

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Me encontraba en Marruecos, en una pensión, y no parecía muy complicado el encargo: un análisis de lo que pueden cambiar las políticas de drogas -entre otras- con la victoria de uno de los dos candidatos. Pensé incluso en dejarlo hecho e irme a dormir, demostrando que estoy capacitado para ser tan buen analista como Herman Terscht -el listo tertuliano facha que se clavó una crónica política un día antes del suceso narrado- pero la realidad se ha empeñado en no dejarme dormir, y si bien a estas horas tenía que estar escrito, no ha sido posible porque no hay Dios que sepa -ahora mismo, 4:45 hora de España- qué cojones va a pasar: elecciones de infarto que dan a elegir entre dos malas opciones, según lo poco en lo que concuerdan una mayoría de ciudadanos de USA en este momento.

Así que me pongo los cascos y me recuesto un poco de lado, mientras comparto la sala con el hombre de guardia en el hotel y con un inglés que se gana la vida construyendo casas dentro de los árboles y sobre los árboles, ambos atendiendo a la tele en árabe y a nuestros respectivos ordenadores comentando la jugada. La cosa sigue, yo aguanto y él se rinde: las 6 AM y nada claro, aunque las cosas se empiezan a poner feas para Mrs.Clinton porque los estados clave se empieza a decantar por el repugnante cerdo que gusta de “agarrar a las mujeres por el coño”.

Me duermo y me noto deslizar dentro de una extraña pesadilla, en la que una voz que sale de la nacional RNE-5 me guía por un mundo en el que un tipo así será presidente del país más poderoso del planeta, y siento tanto frío que se podría confundir con miedo. Al cabo de un rato noto como una voz me dice: “amigo, despierta, que está aquí el servicio de limpieza”. Repiten y me tocan con delicadeza la pierna, y yo noto volver a esa olvidada sensación en que le pedías a tu madre 5 minutos más de tregua frente a un día que no anima a levantarse. Pero una voz -con tono de adulto- me recuerda que ese hombre de rostro árabe no es mi madre, y me levanto cagándome ya en Trump como primera “buena acción” del día.

¿Qué significa esto para el mundo? Pues no lo sé ni me toca a mí pensarlo, pero en el hotel todo el mundo cuando se entera de que Trump ha ganado la presidencia de USA, dicen “ah, Trump.... ¿¿¿QUÉ ESTÁS DICIENDO, TÍO???” y ponen cara de profundo asco. No cae bien, no, ni al resto de gente -trabajadores- del hotel, que le desean casi al unísono la muerte a Trump. Yo, por supuesto, pongo el gramo de cordura que me quedaba y opino que no hay que matarle a él y ya, sino bombardear la zona con napalm para esterilizarla, ya de paso.

¿Y para la política de drogas, que a todos nos afecta? Pues gracias a Dios, no demasiado, porque si le dejasen no le costaría llegar al nivel del terrorista Duterte en Filipinas y empezar a ejecutar a los usuarios y vendedores de drogas, y a cualquiera que le plazca si le pone un cartel que diga “Drug-dealer” sobre su cadáver.

La palabra “drogas” estuvo desde la primera frase que Trump construyó en el momento de anunciar su candidatura: “They're bringing drugs” dijo de los hispanos que estaban en USA, con una criminalización efectiva en tiempo récord, gracias al chivo expiatorio de nuestra era: las drogas y sus peligrosos usuarios. Pero eso no quiere decir que la postura de Trump esté clara en este asunto: no lo está, ni para bien ni para mal. Por una parte, su historia personal -la que vende- tiene una marca indeleble que él acarrea y usa recurrentemente en sus argumentaciones y explicaciones de su corpus ideológico: su hermano mayor palmó alcohólico y fue una oveja negra en la familia, que vio como hasta sus propios hijos eran “castigados” -con respecto a otros- en la herencia del patriarca de la “exitosa familia”. Con 43 años, en 1981, su hermano Freddy Trump, dio su última campanada, cosa que parece haber marcado a este tarado de una extraña forma: no soporta el tabaco ni el alcohol (aunque sea la viva imagen de un “Yeltsin estadounidense” que podría ir con una botella de bourbon sin llamar la atención) y en sus fiestas privadas con putas y drogas para todos, había los mejores licores y  bandejas llenas de blanca y pura cocaína, pero no se te ocurriera encender un cigarrito, que te quedabas sin fiesta, por esa debilidad de carácter que es el hecho de ser fumador). Ale, pa casa. Me ha parecido escuchar “cocaína” y es que hay mucha en su gente, en esos que metió en su invento de la “universidad del éxito” con curiosas carreras -certificadas por las autoridades- como vendedores de cocaína, pero que levante la mano quien no haya cometido un error de confianza (como el de Rajoy con Bárcenas, por ejemplo). El tipo tiene idas de pelota como la de incluir el café a la hora de hacer patente su supuesto rechazo a las drogas, que dice que no consume, pero sin embargo consume Coca-Cola sin problema (debe ser que es diferente principio activo: la cocacolina y no la cafeína).

Pero vayamos por partes y comencemos por nuestra planta amiga: tanto Hillary como Trump están claramente a favor de la legalización del cannabis, aunque Trump ha ido recortando sus posiciones hasta hablar sólo de marihuana para usos terapéuticos en el año pasado, pero ser en el pasado un claro enemigo de la política de drogas que se ha seguido, habiendo llegado a decir que la DEA es una puto chiste.

Entre las posiciones que sostuvo en el pasado, podemos encontrarle pidiendo la legalización de todas las drogas en el año 1991, en una posición que le granjeó comentarios que le situaban en posiciones de centro-izquierda en USA, al pedir que se permitieran las drogas ilegales y se gravasen con buenos impuestos para llenar las arcas públicas. Ya en el año 19900 había propuesto que las drogas pagasen la educación pública y colaborasen con el gasto sanitario.

Pero si bien Trump no es un tipo que satisfará a los fanáticos anti-drogas de USA, puede dar desagradables sorpresas con su cambiante y nada sólida posición. Ya en el pasado jugó con estos aspectos, como cuando decidió privar a la campeona del concurso de Miss USA de la corona por ser una chica “demasiado ligera” y haber “hecho la fila” a varios hombres en fiestas plagadas de cocaína (como las que él mismo ha dado, según sus propios invitados). Pero después, como buen hombre, padre y abuelo que es (según su esposa -por catálogo- de la Europa del Este) tuvo a bien darle una segunda oportunidad, en la que la chica agradecida le dijo que le había salvado la vida con su acción represora y correctora. Lo que no sabemos es si a esta pobre chica también se dedicaba a trincarla del coño, como él era una estrella con derecho de pernada sobre toda hembra que estuviera en su entorno...

¿Y por el lado contrario, qué nos hemos perdido? Pues la dama perdedora, Mrs. Clinton, no es que sea la vanguardia de la política de drogas, pero al menos tiene toques positivos. Ella si abordó en campaña, de forma clara, el asunto de las drogas en USA, pero especialmente el de los opioides que ha llegado al epidémico nivel que soportan, proponiendo un plan de 1000 millones de dólares al año para ayudar a los diferentes estados a sobrellevar el temporal, que sus propias empresas y políticas han creado en torno al control del dolor en enfermos. El plan lo amplió posteriormente a los 10 años de duración, dado que el problema no se va a ir en un par de añitos. También la dama está a favor de detener la encarcelación de personas relacionadas con el cannabis, lo cual es muy de agradecer pero que ya resulta un paso lógico en el contexto regulador y tolerante con la marihuana. También proponía acabar con la estúpida y clasista diferencia de condena sobre los usuarios de crack vs. los usuarios de cocaína en clorhidrato (rayas). Eso sí, lo propone pero no lo quiere aplicar de forma retroactiva, lo que nos señala a una postura claramente dentro del ultra-positivismo legal como abogada, lo que resulta extraño dado su pasado de “luchadora por las libertades” en la época universitaria: si crees que una sentencia es injusta... ¿qué razón tienes para mantenerla sobre la víctima?

De su pasado nos llega que si bien estuvo -por edad- en el epicentro del rollito hippie, no fue precisamente la diosa del ácido ni la reina de la marihuana, y como ya sabemos su esposo fue capaz de fumar porros engañando a todo el mundo y sin tragarse el humo, así que a saber qué tragaba y no tragaba esta señora. De ella, lo que menos me convence, es que su postura moral está muy lejos de ser la correcta: ella pretende tratar a los usuarios de drogas con tratamiento y juzgados especiales... ¿por qué? ¿se siente mejor que los que usamos drogas y con derecho a tener que curarnos nada? A lo mejor podría emplear ese tiempo limándose los cuernos que le dejó plantados su excelente marido. Trump es un puerco, pero Bill era un pervertidillo que gustaba de remojar puros en la vagina de su amante, para darles sabor como se hace en España al mojarlo en la copa de “Soberano”. Y es que lo de mezclar drogas, siempre fue una delicatessen .

En fin, esto es lo que hay, y la suerte es que ninguno de los dos parece que será un obstáculo para que se pueda avanzar en políticas de drogas algo más avanzadas en los USA, teniendo en cuenta que partimos de una situación tremenda y aberrante que, por desgracia, se encargaron de hacer extensiva al resto del planeta. Esperemos que la victoria de Trump ayude a que otros países se desmarquen de las políticas de los USA, en varios aspectos, y que la política de drogas sea una de ellas: estos actores pueden venirnos “bien” en este momento, pero mejor nos viene que seamos nosotros mismos los que tomemos las decisiones sobre las drogas que a nosotros -y sólo a nosotros- nos afectan.