Obituarios: La muerte llama tres veces

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Empieza a ser una desagradable costumbre esto de ponerme a escribir obituarios de músicos en época de Navidad. Esta vez le toca a George Michael, alguien a quien seguramente -los que estéis en Europa- hayáis escuchado una canción en estos navideños días, aunque sea en el hilo musical de algún aterrado supermercado. 

El año pasado, inauguramos la temporada -el día de los inocentes- con Lemmy (Motörhead) en una noticia súbita y áspera, sin previo aviso, que nos quitó la sonrisa a muchos. Siguió Glenn Frey, uno de los fundadores de los mismísimos Eagles. Ahí no quedó la cosa; un tipo que quien no tenga más de 40 años es casi imposible que lo conozca, Black, moría en un accidente de tráfico tras ser puesto en coma inducido y no superar los daños, dejando esposa y 3 hijos. Su canción más conocida era “Wonderful Life”, pero en mi mente suena y resuena (con la rabia contenida que lleva la guitarra de ese tema) el brutal “Everything is coming up roses”. Luego vino David Bowie y para completar la lista de grandes, también murieron Leonard Cohen y -la más dolorosa de todas las muertes, por ser una víctima de la guerra contras las drogas- el artista antes y siempre conocido por Prince, que moría con una sobredosis del temible fentanilo -tirado en un ascensor- el mismo día que la ONU (vía UNGASS) se reunía para contarnos que la guerra contra las drogas va bien; como iba España con Aznar, vamos.

Ahora ha muerto George Michael, zasca. Después va y se muere la princesa Leia -Carrie Fisher- así que todos los que os sentís tocados por estas noticias, es que ya estáis entrando en la fase “viejuna” de la vida, porque como poco sois de los que hicisteis la EGB. Pero por si queda alguien más mayor, que sepa que la madre de la princesa senadora de la república, ha palmado también un día después (esta noche), aunque con 84 añitos (que eso ayuda y mucho).

Ah, señalar que los prohibicionistas no han perdido comba para aprovechar la muerte de Carrie Fisher y señalar que su madre, la muy yonkarra, le sugirió que si quería fumar yerba lo hiciera en casa. De ahí a una vida de trastorno bipolar y sufrimiento por las drogas, como ya sabe todo científico que se precie, hay 10 minutos. Mirad a los puercos de “Stop Pot” aprovechando que el Pisuerga pasa por Pucela, con el cuerpo -de hija y madre- aún calientes...

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¿Y de qué se ha muerto George Michael, si sólo tenía 53 años? Pues oficialmente, de lo que todos: se le paró el corazón. Y según otros, porque se le partió -hace más de una década- el corazón, y era una herida que llevaba a rastras, a pesar de tener una feliz relación con su actual pareja. Fue por boca de la pareja como el planeta se entero de que George no compondría nunca nada más, y narró en un tuit cómo se había encontrado al cantante muerto en la cama, en la mañana de Navidad: ¡toma Santa Claus!

Las causas de la muerte no se conocen, ni existe el deseable análisis toxicológico que -por desgracia- suele esclarecer demasiadas cosas y siempre tarde (véase Prince, primero muerto de gripe y luego sobredosis de fentanilo), pero la tranquilidad mostrada por el que fue su última pareja y estuvo con él hasta el final, hace sospechar que no es una muerte extraña para él y por lo tanto, algo que entraba dentro de la lógica que -como pareja- podían tener. Pero sin más, esto es pura especulación.

Sin embargo, fuera de lo que la intimidad de la vida de pareja pueda encerrar, sí hay una serie de cuestiones que, sean o no sustanciales en la muerte del cantante, son sustanciales para comprender el punto en el que se encontraba, él, que fue un ídolo de masas en lo musical y en lo sexual.

El tipo, de quien debo decir que musicalmente no estaba entre mis gustos, había vendido en conjunto unos 100 millones de discos, en esa época en que no existía Internet y sus nuevos modos para con la música. La cifra no es una tontería, sino una salvajada alcanzada sólo por unos pocos. Su música, para quien no la conozca, tenía bastante de bailable y discotequera, pero sin llegar a perder del todo el contenido “extra”.

De hecho, uno de sus grandes giros en la vida, lo dio como un gesto rebelde y burlón ante la atroz actuación de un policía de paisano que le tendió una trampa, en algo que no sería delito en nuestro país -pero sí en los apestosamente puritanos y mojigatos Estados Unidos- como es la solicitación de servicios sexuales entre adultos. El pobre George, que era un ídolo sexual para millones de mujeres en el mundo, resulta que era gay -como otros tantos famosos, futbolistas españoles incluidos- y que le iban los maromos. Y un miserable madero en Los Ángeles, de nombre Marcelo Rodríguez, se le insinuó en unos urinarios públicos, y el cantante le entró al trapo. Así pues cuando iban a ponerse al temita, el madero sacó la placa y le hizo perder la erección al pobre George. El policía debió sentirse muy feliz al demostrar al mundo que ese, ese tipo al que las mujeres deseaban como locas, era un “invertido” y no merecía sus deseos (pero sí un machote como él, supongo que pensó).

La cosa es que George tuvo que ir a juicio para escarnio público (de los que le juzgaron, digo), fue condenado a pagar 800 pavos y a hacer “servicios a la comunidad”. Algo irónico, teniendo en cuenta que ya estaba en unos “servicios de la comunidad” atendidos por un empleado público, con porra y placa. Así que puestos a tocar el coño un poquito, Michael decidió que no había mal que por bien no viniera y que eso no iba a quedar así. ¿Soy gay? ¡Qué sí, copón! ¡Que me gustan las trancas y los WC públicos!

Y lo peor, no me avergüenzo de ello y lo hago público, más público que vuestra pretendida condena, liberándome así del armario hetero que era (¿es?) requisito para estar en esa pretendida cumbre de la fama. Allí donde vivía George en aquel momento. Días después, salía Outside...

Para mí, que reitero no me gusta la música del griego cantante, me parece que elevó a la categoría de paradigma el refinamiento estético y musical de una venganza: eso fue el primer megatroleo o beef en forma de videoclip, insultando a todas aquellas “buenas maneras” que le habían sentado en el banquillo.

El vídeo se inicia como una peli porno de la época, algo retro, en unos urinarios públicos en los que una rubia tetona le dice -gestualmente- a un pringadete que se acerque a comerle todo lo negro, y cuando este pobre ingenuo se acerca, pues la rubia teutona -de nombre “Cindy”- se convierte en una vieja policía que parece sacada de una película de los hermanos Cohen o de una pesadilla de César Strawberry.

Inmediatamente la música rompe entre imágenes de policías y helicópteros, deteniendo hombres a golpes y empujones, cómo no, en un urinario público que milagrosamente se convierte en una discoteca en la que se puede ver a George en plan “me lo como todo” vestido de policía y con una sugerente letra, que es más que claro que iba dedicada al policía -y por extensión a los que le daban el poder de hacerlo que hizo- y que terminó por humillar a quienes le juzgaron.

El madero, tonto como era, picó el anzuelo y se creyó capacitado -en USA todo vale- para intentar sacarle pasta al cantante, mediante una demanda alegando “que se estaba mofando de él”. Desde luego la demanda, tenía base pero no cuerpo: el cuerpo lo tenía el cantante que se pudo reír de la policía que le criminalizó cuando el juez dictó a su favor y contra el puritano madero. George Michael ganaba: la policía de Los Ángeles, perdía humillada ante todos.

Después George sufrió una ruptura sentimental -con un ayudante de vuelo que tenía de pareja- que le marcó y, para muchos, es el punto crucial en el que se hunde su persona. Después, la historia es conocida: el dolor nos conduce a lugares, ajenos a aquellos que viven en una incuestionada felicidad. Y el gran cantante se echó a perder.

Posteriormente sufrió otra detención, esta vez relacionada con drogas, que se convirtieron -como para otros muchos seres dolientes- en un refugio donde disolver sus penas, siempre con la ruptura emocional. Desapareció del mundo, enemigo a muerte de la prensa amarilla -a quien culpaba de buena parte de sus desgracias y consideraba un enemigo cruel- y su nivel de relación social bajó a mínimos, y cuentan que ni siquiera otros ricos vecinos -como Sting- podían siquiera visitarle.

Pasó hace relativamente poco por una lujosa clínica de desintoxicación, que le costó 100.000 euros del ala, y no parece que sirviera de mucho en lo que a sus adicciones se refería. Seguía escuchando música y comprando todo lo que salía nuevo, y decía tener un baúl de música disco dispuesta a ser grabada. Incluso en marzo de este año, había músicos que aseguraban que ya estaba grabando de nuevo. Decían...

La realidad es que sus Navidades han acabado en muerte, no sabemos si buscada, anhelada y deseada o inoportuna e injusta. Lo único cierto, por el momento, es que George Michael ya ha dejado de sufrir.