Gente tóxica

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No me había sentado nada bien aquella violación frustrada, y el hecho de haber terminado implicada en el asesinato y enterramiento ilegal de un Guardia Civil -aunque fuera toda una epifanía la experiencia final- tampoco me ayudaba a pintar mi espacio con un tono de tranquilidad. Viajaba en un bus desvencijado de la empresa “Avanzando” conducido por un cincuentón medio ebrio, a quien si le pusieran una gorra de color metal en la cabeza, ganaría el concurso al Mejor Disfraz de Botella de Anís.

Graznaba machadas mientras conducía, intentando ganar la atención de dos opositoras a inspectoras de hacienda -que tenían edad para llevar pañales para pérdidas de orina- sentadas en primera fila y que insistían en comportarse como dos niñatas de 13 años, hablando de tampones y compresas entre risitas y eufemismos vergonzosos. Criticaba el machote conductor a esos cultivadores de cannabis que se negaban a comprar su droga en “los clubs legales, ya que para eso se los hemos permitido, para que estén controlados todos esos drogadictos”. Lo sostenía entre gruñidos que reafirmaban su escasez de cópulas anuales -o exceso de anales- mientras intentaba enganchar en la conversación a aquellas dos momias con perlitas en las orejas. “¿Nadie se pone a cultivar tomates si los tiene en el supermercado, verdad? Y si lo hace, es que algo sucio está haciendo.” Esa era la piedra central de su agudo razonamiento, pero me daba igual: yo sólo quería morirme en una cama -de un cansancio que no acababa de sanar- aunque lejos de ese tipo o de cualquiera como él y sus menopáusicas amigas opositoras.

Miraba en Internet dónde quedarme en Madrid para buscar trabajo y sobrevivir, de momento con lo que me había dado el Padre Heredia -me jode la caridad católica, pero en este caso entiendo que lo que hicimos no fue nada católico- sabiendo que había quedado en profunda y agradecida deuda con él. No por salvar mi coño y mi vida, sino por los porros que metió en el hatillo que me hizo, junto con unas semillas que me dijo que eran “mano de santo”. Agradecía seguir viva pero tampoco tenía muy claro el porqué, cuando sonó mi móvil: “¿Hola, Alba?” se escuchó cuando solté un escueto “¿Sí?”.

“Soy Marta WeedDiva. Nos conocimos en un sarao privado de una copa cannábica en una feria de Barcelona... ¿me recuerdas?”

Mi cerebro intentaba moverse entre datos y caras de fiestas, pero era como una carrera de 200 metros vallas en arenas movedizas y no salía nada claro de mi coco. Ella insistió: “Estabas en el WC metiéndote una raya sobre tu móvil, yo me reí y me invitaste a una: esnifé la mejor cocaína de mi vida sobre un tuit en el que mandabas a tomar por culo a tu pareja, o eso me dijiste entonces...”

Ahí sí que caí. Lo de esnifar es más fácil recordarlo porque no esnifas con todo el mundo, pero a la vez tiene su aquel porque cuando esnifas no sueles fijarte en la cara de nadie, así que la clave para recordarla fue la historia que le conté y que no era más que una excusa para ligar con ella en una fiesta aburridísima llena de puretas fumando y charlando entre ellos, mientras miraban el culo a las chicas que habían puesto de adorno con la excusa de alguna promoción. Marta AKA WeedDiva era una de ellas; chica mona que había salido del 'ghetto' fumando porros como forma de vida -o eso decía ella- y que se sacaba para sobrevivir poniendo su imagen en distintos “cubiletes”, pero siempre cerca del mundillo cannábico. “Ah Marta, sí, recuerdo quien eres... ¿Qué querías? Si es muy largo de contar, tal vez no sea el mejor momento...”

Me interrumpió de golpe, con miedo en la voz a que resolviera y cortase la conversación y dijo: “no, no, llamo para pedirte que me cuentes tú algo... es que tengo una oferta de trabajo pero viene de alguien que no me da buena espina para nada: un tal 'Jaco Marchante' y una persona me dijo que tú me podrías dar información, porque le conoces bien. ¿Es de fiar?”

Cuando alguien te pregunta si otra persona es de fiar, te pide una evaluación que tal vez no te apetezca dar, pero la química de mi politoxicómano cerebro se había activado como si me hubiera subido medio gramo de anfeta por la nariz al escuchar hablar del viejo Jaco. ¿Ahora se hacía llamar Jaco Marchante? Me hizo gracia porque ese era el apellido de la segunda mujer que desposó, y que en realidad odiaba porque le recordaba -cada día- lo que en realidad era a pesar de sus anhelos.

“¿Marchante?” pregunte con evidente sorna.

“Sí, ahora firma así en Internet. Dice que es un apellido profesional, para los medios y que respeten su vida privada...”

Eso era mentira, había cambiado de apellido intentando cambiar de víctimas, pero no de vida que seguía agonizando a ráfagas: hace unos años me llamó pidiendo ayuda diciéndome que “le quedaban unos dos meses de vida porque 'el bicho' le había comido por dentro e iba a palmar ya mismo”. Como lo que me pidió no era pasta -algo que nunca debías poner cerca de Jaco si querías volver a verla- no me importó echarle una mano en Twitter, donde aterrizó por desgracia, y aprendió a hacer de un grano de arena, una montaña con la que acosar a cualquiera. Al principio pensé que era la desesperación del aspirante a patíbulo cercano, pero luego vi que era simplemente la única forma en que sabía existir: acosando a otros, y especialmente a las mujeres a las que gustaba de tratar como si fueran sus empleadas con derecho de humillación. “La becaria” era lo más suave que decía que cualquier trabajadora cerca de él, pero se vendía como un activista por los derechos de todos.

A lo largo de su historial, le habían colgado epítetos como Jaco 3000 en alusión a una de las cantidades robadas en un fraude donde prometía dar defensa legal a usuarios de cannabis que pagasen su “tarjeta de porrero asociado”, Jaquito Chocolatero en alusión a la mierda que fumaba y que trapicheaba en las fiestas “de rojos de izquierdas comunistas de verdad” en las que pululaba buscándose la vida y haciendo favores para pedirlos después, Jaco Más-Cara-Que-Espalda como le llamaban quienes tuvieron la desgracia de trabajar en el mismo lugar que él ya que se ganaba el lugar como los cucos: quitando el trabajo de otros a ojos de jefes atontados y atribuyéndoselo a sus huevos para llevarse la tajada. También Jaco el Banquero, por un inefable “Banco de Cannabis” que era gratuito para enfermos, y donde los inocentes cultivadores donaron yerba que se fumó “el banquero” y jamás se pudo ver un sólo enfermo beneficiado que pudiera mostrarse públicamente. Jaco “el chota” era como le conocían en su barrio, donde desde crío era objetivo de la policía porque cantaba nada más verles. La lista de motes del tipo en cuestión era tan larga como los fraudes cometidos, los robos acometidos y vendidos en el mercado “oculto”, los trapis por los que le tenían “una cuneta metida en barbecho” en varios lados por si los pisaba de nuevo, etc. Así que llegado el momento, saltó al mundo digital y se proclamo “experto en comunicación y redes sociales”: los tipos que sabían por experiencia qué clase de sabandija era Jaco, no habían llegado aún a “lo masivo” de la comunicación en redes sociales y él supo aprovechar esa ausencia de actores que le señalasen y recordasen su pasado: allí podía engañar a muchos más pardillos, aunque alguno se enterase de quién era en realidad.

Se autodenominó experto en comunicación, pero le tenían que escribir las preguntas y las respuestas de las “entrevistas que daba” porque no era capaz de expresarse con corrección y lo que decía haber escrito no eran sino textos robados a otros y abandonados en oscuras webs. Era todo un animal carroñero buscando desechos, basura y huecos por donde colarse. Pero si se iba a morir en dos meses... ¿qué había de malo en ayudarle? Años después, recordé eso mismo cuando alguien me contó que estaba en un hospital “reventado por el cáncer”, y sonreí asegurándole que le vería superarlo aunque enviase fotos de si mismo intubado. Jaco era “el pequeño Nicolas” del mundo del cannabis: la gente creía que era alguien porque les mostraba fotos con otra gente conocida, y porque otros pardillos y gente sin vergüenza -cantamañanas que seguían vendiendo “la movida madrileña” en pleno año 2017 y doctorcetes buscando fama patológicamente, gente que también vivían del cuento- se dejaban fotografiar con él, cosa que este aprovechaba para presentarse ante desconocidos como un personaje “relevante”. Lo hacía incluso espiando las redes sociales y asaltando a los fumetas en los clubs de la ciudad de Alicante para conseguir que le dieran “Like en Facebook” o que le hicieran Follow en Twitter: una auténtica cucaracha digital de las redes sociales e internet.

Tras haber perpetrado un último fraude -en el que la policía nacional tuvo que ir a buscarle y a intervenir el “club activista” que decía haber fundado (pero que nunca tuvo socios reales) y donde decía “haber invertido” el dinero que le había tangado a una chica de Barcelona- fue la última vez que supe de él, por medio de un abogado que “le asistió en declaración” (sólo puede estar presente sin hablar, pero eso calma a los cobardes) por 180 euros, que pagó sin dudarlo, asustado y acorralado, con tal de no ir sólo a declarar sobre el timo con el que sacó el dinero para montar el falso club activista, porque pensaba que si entraba en el calabozo no le dejarían salir ya. Creí que le daría igual porque entre cánceres y sidas, algo le mataría al final y no tendría tiempo de pagar por sus delitos. De hecho, de esta misma forma quemó sus cartuchos al trabajar para un pobre despistado que tenía una gacetilla cannábica que otros rechazaban ya ni tocar, y a que en su desconocimiento del mundo del cannabis en España se presentó como el especialista en redes sociales que le haría volar su negocio: y voló, porque la revista “Yerbajos” ya ni existe.

“¿Alba? ¿Me oyes? ¿Alba? ¿Sigues ahí?” fue lo que movió los huesecillos de mi oído e hicieron reaccionar a mi cerebro, palabras de la personas que esperaba una respuesta: “Sí, perdona, te comentaba que estaba muy cansada para una larga charla, aunque el asunto lo merece. ¿Estás segura de que es el mismo Jaco Marchante que decía estar muriéndose ya terminal hace unos años, el que ahora medra por Alicante?” le contesté para resituarme mientras me respondía.

“Sí sí, totalmente segura, me ha mandado una foto que no sé cuando pudo hacérsela o cuánto photoshop tiene, porque es como si no fuera él mismo pintas con cara de yonki destrozado que es en realidad, y me ha mostrado una web llamada “Yo te cuento la película” donde firma él y otra gente de esa que sale hablando del cannabis, y que dice que tiene la información de verdad importante. Quiere que escriba para él, y que me paga cada artículo antes de que escriba el siguiente...”

La corté en seco: “Uy Martita... ¿ya empezamos con las movidas raras de pagos en diferido con Jaco Marchante cerca? ¿Es Jaco Cospedal o está postulándose para el Partido Popular? Habría que cambiar el nombre y llamarle Jaco “el PoPular”y que sea el jefe de prensa de los de Bárcenas...

¡¡Alerta, estafa al trabajador a la vista!! ¡¡Mec, mec!!

Normal que os diga que paga antes del siguiente trabajo, pero porque nadie cobra el primero así que nadie escribe el segundo artículo: ese es el modelo de estafa con el que se intenta presentar ahora como si pudiera borrar su pasado. Fíjate si ha colado entre desinformados y periodistas de titulito pero sin madera, que los paletos de “ElMundoReal” le citaban como presidente de los activistas en el país y tuvimos que avisarles de que estaban dando publicidad a “L.I.N.C.E”, la asociación tapadera que montó, involucrada en un fraude económico de profundidad aún desconocida y con víctimas estafadas que habían perdido su dinero, entre otras cosas.

Nos comentaron que es que como les había enviado un vídeo en el que Alberto Galán -el “dipucuqui” de Izquierda Fundida- le atendía en una noticia sobre cannabis, pues pensaron que era realmente un activista importante y que era verdad todo su currículum. Les tuvimos que hacerles notar que -a pesar de que en su currículum ponía muchas cosas y todas falsas o falseadas- algunas de las afirmaciones que allí se podían leer, como 'HABER ESTUDIADO BITCOIN EN ALEMANIA EN LOS AÑOS 90' no eran posibles. Cuando vieron eso se dieron cuenta de que estaban ante un fraude clásico, y se les cayó la cara de vergüenza por haber sido los que mejor picaron: periolistos deseosos de dar como primicia cualquier basurilla”

“Ah... vaya, entonces... ¿no es de fiar el tal Jaco, no?
Jolín, con la ilu que me hacía a mí que alguien leyera lo que escribo, porque yo sé que tengo una vida interior que si la viera algún guionista de TV, fijo que me hacía una serie tipo Ally McBeal sólo para mí!! Y es que escribir me motiva tanto...”

Tuve que interrumpirla cuando su voz sonaba como Judy Garland en “El Mago de Oz”y amenazaba con ponerse a cantar. “¿Oye Marta, cuando nos conocimos tú me dijiste que habías dejado el instituto hacía años... ¿por qué te llama a ti para escribir, acaso te has formado como periodista o escribes de forma profesional? ¿Eso no te lo has preguntado? ¿Por qué tú?”

Un silencio se hizo al otro lado. “¿Marta? Eh! ¿Estás ahí?”

“Sí, estoy aquí.” me espetó fríamente. “Pues supongo que si Jaco piensa en mí para escribir y no en otra será porque valora mi trabajo y sabe que mi historia es pura y real... ¿tan raro te parece que además de estar buena sepa escribir y que a otros les guste? Es un hombre con mucha experiencia y sabe reconocer lo bueno. Ya me advirtió contra gente como tú, que vuestra envidia sería la primera piedra contra la que tendría que luchar...”

“Oye mona, que yo no te he llamado para pedirte nada ni para darte mi opinión: has llamado tú para preguntarme si Jaco Marchante, el tipo más dañino para el mundo del cannabis en España y farsante profesional, era de fiar. Y si te he seguido la charla, es porque me sorprendía que siguiera vivo: ya sabes lo que dicen de las cucarachas y el invierno nuclear... ellas serán las últimas en desaparecer, porque siempre habrá cadáveres de los que alimentarse.” le contesté sin levantar demasiado la voz, porque la jaqueca que producía recordar la cara de Jaco, o visualizar mentalmente la repugnante imagen de sus testículos -con los que adornó vía tuit su cuenta como maestro de la comunicación- me empezaba a saturar más que enterrar un guardia civil.

“Envidia” replicó ella. “Tú también me tienes envidia.”

“Es cierto, te envidio porque seguramente tienes una cama cerca en la que tumbarte a descansar. ¿Has mirado si ya está Jaco dentro de tu pijama o debajo de tu almohada? A una feria cannábica en Andalucía, tras trabajar para ellos como supuesto “Comunity Manager Cannábico” les pirateó las cuentas y les robaba la información, y el encargado prefirió callar y no decírselo al jefe: tenías que haber visto su cara cuando se lo soltaron otras personas en una reunión de negocios. A otro antiguo jefe, le hacía lo mismo -espiando todas sus comunicaciones- y le ofrecía mejores tratos a sus clientes para quitárselos. Cuando le pillaron con las manos en la masa y le confrontaron, culpó a su propio hijo del fraude. A ti, que le interesas porque ha visto tu talento como escritora, no te hará algo así... ¿verdad?”

El silencio se tornaba en risilla, audible por momentos, cuando llegó su descarga final.

“Todo lo que dices es mentira y está envenenado. Es normal que nadie quiera saber nada de ti porque -como dice Jaco- eres una politoxicómana con problemas mentales. Busca ayuda que te hace falta mucha, querida Alba la culta...”

“Tienes razón. Te cuelgo cariño, que tengo que buscar loquero ya mismo.”
Y sin esperar, pulsé la tecla de colgar. Bastante tenía con tirar de mis huesos en ese instante, como para tener que preocuparme del ego malherido de una víctima con vocación de tontita explotada. Pensé antes de abandonar la consciencia, que era injusto reírse de una víctima pero también lo era considerar víctima a quien vivía para serlo. Un sentimiento de paz en forma de cálido alivio me envolvió depositándome -con cuidado- en mis sueños.