La erosión de los derechos humos a nivel internacional se ve reflejada más si cabe en el caso de Filipinas, donde se a bajado la edad mínima para la pena de muerte, de forma que un niño de 9 años puede morir. La tenencia de drogas es un delito que se puede castigar con esta pena. Indonesia sigue sus pasos y Trump lo aprueba

Ejecutemos a un niño de 9 años...

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La erosión -constante- que sufrimos en derechos que creíamos seguros, propios de la evolución moral y cognitiva del ser humano a lo largo de los años y de la evolución de los estados, como pueden ser los Derechos Humanos, la educación pública y gratuita, la sanidad para todos (que se había conseguido o se estaba intentando expandir a todos) o los Derechos del Niño, están bajo ataque permanente. Hay un vector de ataque económico, que en la época de recortes y recesión económica mundial, provoca que esos planes de cuidado para toda la población, como son los servicios sociales o una correcta educación y sanidad pública, sean el principal objetivo a derribar.

Cuestan dinero. Es así. Pensar que la educación o la sanidad son gratuitas, es tener la cabeza mal. Las hemos sentido como gratuitas -en España- durante décadas, ya que nuestro modelo hacía que fueran soportadas casi íntegramente por los presupuestos sacados de nuestros impuestos, pero su universalidad se perdió hace años e incluso su calidad ha descendido hasta hacer peligrar a muchas personas, dándose casos de personas no atendidas que mueren a las pocas horas. España llegó a ser eso, cuando todos sentíamos que la sanidad universal española era la joya de la corona junto a la educación pública, que si bien no era lo mejor del planeta, sí que había ido ganando en calidad durante años, aunque quedase mucho por hacer. La cosa es que eso que creíamos -yo entre otros- intocable, se tocó. Y que se tocaron cosas como el artículo 135 de la Constitución Española, con el acuerdo, un café y 15 minutos entre el PP y el PSOE (la misma cosa son) para que fuera más importante pagar una deuda (fruto de una estafa y miles de robos contra los ciudadanos) que ayudar a  esos mismos ciudadanos, que habían sido robados.

¿Recordáis las imágenes de gente buscando comida en los contenedores de basura? Yo sí, porque lo sigo viendo. Nuestro estado del bienestar, se fue a tomar por el culo. De la misma forma, sufrimos un retroceso en nuestros derechos que son esperpénticas muestras de lo que se puede hacer con una legislación (base de derechos para todos) para proteger a unos en detrimento de otros. La llamada Ley Mordaza es un claro ejemplo.

Quería no citar a Trump en este texto, porque es un personaje cansino hasta para hablar mal de él, pero no puedo evitar citar a USA como uno de esos lugares del mundo donde también una gran mayoría de ciudadanos se están llevando las manos a la cabeza, acojonados de que haya ocurrido lo que muchos creíamos imposible (me incluyo) y que un monigote con berrinches de adolescente, y una falta de cultura que exhibe como parte de su encanto, haya alcanzado la presidencia del país y esté haciendo con él todas las cosas que está haciendo. Muchos ciudadanos en USA desde que Trump ganó, viven bajo la sensación de que se está librando una batalla por asuntos de vital importancia para todos los seres humanos, y en especial para los ciudadanos de USA dada su historia como inmigrantes que tuvieron que ganar derechos. No es para menos, ya que Trump es la mejor de las fantasías, sucias, húmedas y eróticas de su archienemigo histórico: “mi amigo Putin, que tiene un trato encantador” como dice Trump. Tener a un violador de los DDHH como amigo no luce mucho, pero si te ayuda a ser presidente... ¿quién es inocente? ¿Acaso los USA son inocentes?

Esa es la doctrina: todos tenemos que hacer cosas que no nos gustan para mantener el orden y, a veces, duelen. Es como el hispano refrán de “quien bien te quiere, te hará llorar” pero trasladado a que es el estado quien te hace llorar, y no porque te quiera nada bien. El estado como maquina violadora de derechos humanos, pero repitiéndonos como mantra que no quedaba otro remedio para proteger nuestra seguridad y país.  ¿Recuerdan ustedes -lectores de España- eso tan manido de “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”? Pues resulta que, ahora además, hemos vivido ostentando derechos por encima de nuestras posibilidades...

¿Hasta dónde podemos bajar? ¿Cómo de profundo se puede cavar cuando se ha tocado fondo? ¿Cuántos derechos se pueden retraer de una población sin que eso desate una revuelta o gravísimas protestas sociales? En ello estamos, porque ese es el experimento mundial en el que nos vemos metidos.

En Filipinas, ese conjunto de islas que ahora gobierna un asesino confeso, que no ha tenido problema en contar cómo ha salido de caza con los policías y él mismo ha ejecutado personas -sin juicio ni razón de defensa- para que los policías aprendieran cómo se hacen las cosas (y no lo digo yo, lo dice una fuente tan poco sospechosa como la propia Radio y Televisión Española o RTVE), las cosas van a peor.  En medio año de presidencia, el asesino Duterte tiene en su haber unos 7000 muertos sin proceso judicial, en el que el patrón más común de ejecución es el de un vehículo que pasa al lado de alguien (una moto mayormente) y le descerraja unos cuantos tiros a bocajarro, desaparecieron al momento con la moto y sin haberse quitado el casco siquiera.

Al parecer, a algunos legisladores les parece que la cosa no va lo suficientemente rápido que debería, así que están impulsando un proyecto de ley que, de salir adelante, reimplantaría la pena de muerte en el país. Esto también lo defiende su presidente, como “venganza contra criminales”. Sin rubor ha declarado: “yo creo en la venganza y si alguien actúa mal debe pagar por ello”. Pagar, equivale a matar; en su cabeza, claro. Aquí la noticia para quien no se lo crea.

La última vez que supe de este tarado con pinta de primate no evolucionado que es Duterte, hablaba de expandir su particular guerra contra las drogas a escuelas y fábricas. Y con dos huevos a ello se ha puesto. Para meterse en las fábricas no tiene mucho problema y para arrasar en las escuelas, ya está preparando un proyecto estrella: bajar la edad penal desde los 15 años en que se encuentra ahora mismo en el país, a los 9 años de edad. Sí, has leído bien: 9 años de edad.

¿Qué hacías tú con 9 años de edad? Yo iba a 4º de E.G.B. Y nos hacían tocar horribles canciones con una flauta dulce y jugar al fútbol en el recreo, en un partido-masacre que solía enfrentar a dos guerrillas de cafres con pelota (o a veces, varias pelotas). Eso era mi vida con 9 años. La de un niño sin preocupaciones excesivas, que iba a llegar poco después a la pubertad: lo habitual en un niño de clase media, escolarizado y en una familia que le cuida y le quiere, en la España del Mundial de 1982.

En Filipinas, este cambio legal que pretenden acometer, viola toda las convenciones existentes en el puto planeta al intentar fijar como responsable criminal a alguien de 9 años de edad. Además, sólo un 2% de los delitos son cometidos por personas por debajo de la edad penal, lo que al asesino Duterte le ha dado igual: sus acciones no responden a la realidad, sino a la realidad que él quiere crear. ¿Esto les suena de algo? ¿Lo han notado en algún otro presidente? Seguimos.

Una medida de tal calado -bajar la edad penal a 9 años de edad- además de una locura, una aberración y una inmoralidad, es una ilegalidad ante las leyes internacionales, que consideran que “en ningún caso ni delito puede ser inferior a 12 años”. Y así han saltado a hacérselo saber al pseudo-dictador, que ha hecho como quien escuchar llover a lo Rajoy, y ha seguido con sus planes.

¿Acaso piensa Duterte saturar cortes penales -las mismas que se ha saltado ejecutando sin juicio a todo aquel que le ha dado la gana- de niños de 9 y 10 años que van a ser juzgados como adultos para ser enviados a prisión, pudiendo condenarles también a pena de muerte?

Yo, personalmente, no lo creo así. Creo que la rebaja en la edad penal pretendida por Duterte busca principalmente cambiar la percepción del problema, y hacer que se extienda el miedo: por un lado en aquellos que se les acaba de pintar una nueva diana en la espalda al señalarles como “adultos sin serlo” ante la ley, y por otro lado en el resto del país, que le apoya con intensidad, pero que empezará a ver como normal (“comprensible, ya que son delincuentes”) que haya cadáveres de niños en los asesinatos de la “guerra filipina contra las drogas” de mano de gobierno y fuerzas policiales. No creo que nunca veamos un caso de un niño menor de 13 o 14 años, condenado a pena de muerte en Filipinas, aunque la ley llegase a permitirlo como parece que puede ser el caso. No lo veremos porque eso desataría protestas en todas las partes del mundo -aunque fueran maquillaje y no fueran acompañadas de sanciones económicas, que son las que realmente hacen daño y doblegan países y dictadores- y obligaría a “no quedarse quietos” a muchos de los que -ahora- prefieren mirar para otro lado, cuando no dar unas palmaditas en la espalda al asesino filipino Duterte como hizo Trump en conversación telefónica. De hecho, en Filipinas, a Trump se le quiere: “Trump es como Duterte, por eso se llevarán bien” afirma un taxista local.

Ciertamente ya no es negable que vivimos una era en la que vemos resurgir algunos de los peores populismo conocidos, tanto en países como USA como en las lejanas Filipinas, en donde los derechos humanos se pasan ya por el arco del triunfo. No esperaba que los derechos del menor, eso que llamamos Derechos del Niño -que fueron ratificados en 1989 internacionalmente- fueran a ser violados tan pronto. Sí, Filipinas también firmó esa convención que fue ratificada posteriormente en  el año 2000.

¿Saben quiénes se negaron a firmar esos derechos para los menores? Pues Somalia, Sudan del Sur y..... los USA!! Sí, como lo leen. Sólo esos 3 países en el planeta se han negado a firmar dichoS derechos para el niño. Bush se opuso con excusas leguleyas y Obama dijo que tenía que revisarlo, pero no ha tenido tiempo en estos 8 años de presidencia; ya lo hará Trump junto con su asesor Steve Banon [risa diabólica, de fondo rebotando en el eco del castillo].

Esto es un virus que se está extendiendo por aquellas zonas del planeta que -precisamente- creíamos ya “en calma social” (dentro de nuestros ajetreos) y habiendo alcanzado cierto grado de civilización que nos parecía no-reversible. Y encima, como el modelo funciona en sitios como Filipinas o USA, el virus se contagia con más facilidad. Indonesia, con quien Filipinas y Duterte ya han tenido sus contactos debido a un asunto de pena de muerte y drogas (una mujer filipina apresada en Indonesia con un tema de heroína), demostraron unas excelentes relaciones cuando Indonesia públicamente dijo que, tras consultar al presidente Duterte sobre si ejecutar o no a esa mujer de su país, él contestó: “no hay problema, si quieren ejecutarla, háganlo: adelante”.

Ahora Indonesia ha declarado que piensa emular los pasos de su colega Duterte, y que va a acelerar esto de pegarle tiros a la gente. Para ello, el primero en dar la voz clara ha sido el jefe de la agencia anti-drogas, que ha animado a que “no duden en disparar a los traficantes de drogas, vendedores a pequeña escala y usuarios de drogas”. Con dos cojones y un palo: ¿drogas? ¡¡Dispárales!!

Es normal que con estas declaraciones, y teniendo en cuenta que Indonesia no duda en ejecutar gente (no tienen la pena de muerte abolida como Filipinas), y que es capaz de formar increíbles circos mediáticos por delitos (tenencia para consumo) relacionados con el cannabis -un reportero inglés es el centro de atención y le quieren meter 4 años de cárcel por tener 10 gramos de hash encima- la gente de ese país y las organizaciones que allí se encuentran, teman una escalada inmediata de ejecuciones al “estilo Duterte” en su país. Es un virus y se extiende rápido, por desgracia: se alimenta de los derechos humanos, de los derechos de todos.