El dolor es uno de los síntomas más comunes en Medicina y es una experiencia que todo el mundo ha experimentado varias veces en su vida. Existen unidades específicas destinadas a su diagnóstico y tratamiento, y los especialistas en la materia dedican varios años a formarse en todos sus detalles.

El cannabis en el dolor neuropático (1)

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El dolor es uno de los síntomas más comunes en Medicina y es una experiencia que todo el mundo ha experimentado varias veces en su vida.

Existen unidades específicas destinadas a su diagnóstico y tratamiento, y los especialistas en la materia dedican varios años a formarse en todos sus detalles. Por eso resulta complicado resumir en estas pocas páginas todo lo que tiene que ver con el cannabis y el dolor, pero tendremos que dar unas pinceladas para encuadrar el tema.

Todos los seres vivos que disponen de un Sistema Nervioso Central pueden experimentar esa sensación desagradable llamada “dolor”. En general, a nivel biológico la sensación de dolor está vinculada a la lesión de un tejido. Así, los estímulos dolorosos tienen un valor evolutivo adaptativo, pues permiten al organismo lanzar respuestas de alerta, huir del estímulo o poner remedio en la medida de lo posible. Por ejemplo, cuando nos quemamos o nos cortamos se produce una reacción espontánea de retirada. O cuando nos damos un golpe la inflamación y la contractura producen inmovilidad, necesaria para facilitar la cura de una lesión. Pero en otras ocasiones, el dolor deja de ser un síntoma de alarma para convertirse en una enfermedad en sí: es lo que sucede, por ejemplo, en todos los tipos de dolor crónico. En este caso el dolor constituye una enfermedad en sí, y su tratamiento resulta imperioso.

Otro concepto muy importante antes de entrar a hablar sobre los cannabinoides en el manejo del dolor es tener claro que éste se puede producir por distintos mecanismos. Pondremos tres ejemplos comunes que muchos lectores habrán padecido en su vida para poder diferenciarlos: los retortijones, un esguince de tobillo y el dolor de muelas.

En el primer caso nos encontramos ante lo que los médicos denominamos “dolor visceral”. Los tejidos huecos del tórax, el abdomen y la pelvis son muy ricos en terminaciones nerviosas que se estimulan por la distensión. Este tipo de dolor suele definirse como agudo y opresivo, es difícil de localizar y en muchas ocasiones se acompaña de otros síntomas vegetativos como náuseas, vómitos o sudoración. Por eso puede ser difícil distinguir entre un cólico biliar, una apendicitis y unos simples gases, que en ocasiones pueden cursar con sintomatología muy aparatosa.

El segundo caso (el esguince de tobillo) nos sirve para caracterizar lo que se entiende como “dolor inflamatorio”. Como consecuencia de una lesión, se liberan a los tejidos circundantes moléculas que generan una reacción inflamatoria en la zona circundante a aquella en la que se ha producido la lesión. El resultado es que la zona aparece dolorida, hinchada, con la temperatura aumentada y con cambios en el color de la piel, que se hace más rojiza. El aumento de la vascularización facilita la reparación de la lesión y, como comentamos previamente, el dolor y la inflamación actúan como mecanismos que dificultan la movilidad, ya que el reposo suele ser una condición imprescindible para la mejoría de las lesiones producidas por este mecanismo.

Y el último ejemplo ilustra el tercer tipo de dolor, el que se produce por afectación directa de las fibras nerviosas: es el que se conoce como “dolor neuropático”. Hemos utilizado el ejemplo del dolor de muelas por ser una situación muy frecuente, aunque el dolor neuropático es mucho más complejo y se produce en gran cantidad de situaciones: todas ellas tienen en común una afectación directa de las vías encargadas de percibir y transmitir las sensaciones dolorosas. El dolor neuropático puede aparecer después de enfermedades infecciosas (neuralgia postherpética después de haber padecido un herpes zoster), traumatismos (el fenómeno del miembro fantasma, por el que la persona siente dolor en un miembro que ha sido amputado), endocrinológicas (la neuropatía diabética), tumorales (metástasis con infiltración en el Sistema Nervioso), neurológicas (esclerosis múltiple y otras enfermedades neurodegenerativas), traumatológicas (síndromes de compresión medular) y un largo etcétera. Ardor o frialdad, sensaciones de entumecimiento, “alfileres” o “agujas” y tendencia a la cronicidad son características habituales de este tipo de dolor.

Nos hemos detenido con un poco más de detalle en el dolor neuropático ya que éste es el tipo de dolor en el que los cannabinoides han mostrado un mayor grado de eficacia. En otros tipos de dolor, el tratamiento está más claramente estandarizado y establecido, pero el tratamiento del dolor neuropático es mucho más complejo y variable según el tipo de paciente y enfermedad que motiva el síntoma. En general, el tratamiento del dolor neuropático es mucho menos satisfactorio que el de otras variedades y tan sólo un 40-50% de los pacientes que lo sufren consiguen llevar una calidad de vida razonable. El tratamiento farmacológico convencional incluye el uso de antidepresivos (que actúan por un mecanismo distinto al que se produce en la depresión), anticonvulsivantes, anestésicos locales, ketamina, toxina botulínica, neuromoduladores y otras familias distintas de medicamentos. En ocasiones es necesario utilizar distintas técnicas quirúrgicas y dispositivos externos.

Como decimos, las propiedades analgésicas de los cannabinoides han sido suficientemente estudiadas desde un punto de vista científico. Actualmente hay evidencias sólidas de que los cannabinoides tienen propiedades analgésicas y que disminuyen la reactividad al dolor, sobre todo el dolor neuropático e inflamatorio y que este efecto está producido por los receptores cannabinoides CB1 del Sistema Nervioso Central y los CB1 y CB2 del Sistema Nervioso Periférico.

Muy pronto, la segunda y última entrega de este artículo... en Cannabis.es