Cuando hablamos de cannabis y sexualidad se plantean contradicciones que podrían hacernos pensar que el efecto afrodisíaco que muchas personas, especialmente las mujeres, asocian al cannabis, es meramente subjetivo.

El cannabis como afrodisíaco

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Cuando hablamos de cannabis y sexualidad se plantean contradicciones que podrían hacernos pensar que el efecto afrodisíaco que muchas personas, especialmente las mujeres, asocian al cannabis, es meramente subjetivo.

El prohibicionismo y su ambición por desinformar y borrar todo resquicio histórico que quedase del uso del cannabis, y más de este uso “indecente”, tampoco sirve para sacar de dudas al consumidor habitual, que ni es sexólogo ni médico, y debe aproximarse al uso de una sustancia de la cual no conoce los efectos concretos, en una situación que no tiene por qué controlar por completo. Muchos dirán que saben qué esperar, pero muchas veces la marihuana, sus variedades y nuestros propios cuerpos pueden sorprendernos.

La ciencia tiene mucho que decir a este respecto, y aunque el debate sobre la fertilidad masculina afecte al aspecto de la disfunción eréctil, no supone un problema para el efecto afrodisíaco que estamos tratando. La temida disfunción también se hace algo individual, unos hombres consideran que el cannabis puede ayudarlos, otros opinan que justo lo contrario. Pero el efecto en la mujer parece ser mucho más generalizado, a nivel demográfico y anatómico. Esto tiene una explicación fisiológica, relacionada con la disposición de los tejidos adiposos y la masa muscular en el cuerpo de un sexo con respecto al otro. La mujer, por lo tanto, posee más receptores endocannabinoides, y quizás en lugares más relacionados con su estimulación sexual, pues estos se encuentran en estos tejidos grasos que ella posee en mayor cantidad.

Además de esto, el THC está relacionado con la progesterona, activando los mismos receptores que ésta. Así como el THC se asemeja a la progesterona, el CBD, más abundante en las cepas índicas, se encarga de inhibir la enzima que metaboliza la misma. Al evitar la recepción de la progesterona y además saturar sus receptores no inhibidos con THC, es cuando podría producirse el efecto afrodisíaco, ya que esta hormona regula la libido femenina por anulación.

Pero no es difícil intuir la ola afrodisíaca que puede traer consigo el cannabis, si miramos en la historia podemos encontrar relatos, los pocos que pasaron la criba de tanto dogmatismo que ha sufrido este continente, en los que el cannabis y el sexo van de la mano.

En la tradición hinduista el cannabis ha sido usado por milenios como medicina y tonificante, el famoso bhang, la bebida psicoactiva usada tradicionalmente, hecha a base de hojas y flores de cannabis, se señala en las escrituras védicas como potente afrodisíaco y potenciador de la libido. Se habla así del cannabis como embriagante de algunas de esas energías vitales que tanto ha explorado la sabiduría oriental y se respeta su uso, al contrario que el de otro tipo de psicoactivos, para las prácticas yóguicas y tántricas que permiten y ensalzan la actividad sexual. Y las flores y hojas eran quemadas durante las mismas para prolongar la experiencia sexual y el trance de la meditación, que en estas prácticas estaban íntimamente ligados.

Estas prácticas se extendieron por oriente, pero a occidente pronto llegaría el semitismo, con sus diferentes religiones dogmáticas y temerosas de diferentes dioses a los que parecía no gustarles demasiado el sexo. Es ahí dónde la sabiduría celta y oriental de la liberación del individuo, también en su cuerpo, deben ser escondidas, reducidas a la marginalidad del paganismo. Aquí surgen las brujas, hacedoras de pócimas, la mayoría de ellas para el enamoramiento, la sumisión y por supuesto el éxtasis. Y en este ambiente de represión, la sexualidad se hacía una realidad irrefutable para estas mujeres que no creían en su realidad, y que transmitían de unas a otras las recetas de los ungüentos más libidinosos. Los hacían con cannabis, pero también con peligrosas daturas, cuyas cantidades controlaban con maestría envidiable por cualquier alquimista. Estos ungüentos, que se aplicaban en pies, axilas, frente y por supuesto, genitales, eran los encargados de hacerlas volar, en su mente siempre, hasta los frenéticos aquelarres, en los que creían encontrarse con lucifer u hombres desconocidos, para tener sexo. El estímulo del mango de la escoba impregnado contra las mucosas de los genitales femeninos es lo que crearía la iconografía de la bruja en la escoba voladora.

Aunque esto no parezca una práctica especialmente sexual, sino una especie de invocación a los demonios, hay constatación historiográfica de la expansión del uso de los ungüentos de las brujas, por mujeres de todas las clases y estatus social, motivados por la búsqueda del placer sexual que tanto se les negaba y que sabían que encontrarían en el aquelarre.

El sexo y el cannabis han sido prohibidos una y otra vez en la historia de la humanidad de maneras tan absurdas que incluso ha llegado a prohibirse el uno por el otro. Así pasó en el inicio de la prohibición estadounidense, dónde el principal argumento contra la terrible “marijuana”, a parte del desconmensurado racismo, era la capacidad de esta de atraer a los jóvenes al sexo, sobretodo a las muchachas, alegando que bajo los efectos de la “reefer madness” éstas acabarían vendiendo su cuerpo a cambio de más yerba, y resaltando que lo harían con personas tan indeseables cómo músicos o negros.

Para el americanito indoctrinado la marihuana convertía a cualquier mujer de buena familia en una bestia insaciable de sexo. Y ahora, en el siglo del sexo y la pornografía, nadie parece acordarse de esto, ¿o sí?

Podríamos hacer aquí una pausa para ver cómo en las locuras del prohibicionismo y el pensamiento retrógrado más absurdo se ha atacado a la marihuana con argumentos tan elocuentes como que fomenta la homosexualidad, e incluso podría añadir más de un estudio estadístico en el que se relaciona la sexualidad con el consumo de cannabis. Sin embargo me parece que hay tantas concepciones poco definidas en estos ámbitos que es mejor no tocarlas, unas por estar demasiado enmarcadas en los contextos culturales y otras por ser simplemente muy estúpidas (buscad a pastores evangelistas hablando de marihuana y veréis a qué me refiero).

Por suerte, el amor se hizo libre, y a cada día se hace más libre la marihuana. Por el propio consumo, por la posibilidad de volver a darle uso y porque las mujeres no dejamos de darnos cuenta de qué es lo que nos hace el cannabis, ha vuelto a nuestras mentes, y a nuestros mercados, el poder afrodisíaco del mismo. Ahora mucho más concentrado, pero en un formato bastante tradicional. Ahora tú también puedes ser una bruja con el lubricante a base de cannabis de venta en California y Colorado, Foria.

Un gel para uso sobretodo indicado en mujeres, pero que también tiene efectos en el hombre, que promete aumentar la potencia y la duración de los orgasmos femeninos (en concreto hasta 15 minutos [!]) y hacerte pasar una buena sesión en compañía o sin ella. Si estás sufriendo por no vivir en uno de estos bonitos estados (dónde la yerba recreativa en todos sus formatos está amparada por la ley), sólo puedo decirte que te hagas con aceite de coco y sigas el procedimiento de hacer mantequilla cannábica con él de base. Y que no me des las gracias.

A los hombres, deciros por último que no os desaniméis, el cannabis está muy ligado al desarrollo de más de un sistema de la sexualidad femenina, pero como ya habréis experimentado muchos, vosotros también contáis con parte de esos sistemas, aunque no os afecten en tanta medida. Aún así el cannabis se hace una herramienta perfecta para la sincronía con la pareja, el estímulo y el acercamiento y os resultará un gran aliado para atraerla a vosotros independientemente de su sexo.

El cannabis no es una viagra, ni un orgasmo instantáneo, se acopla a la sexualidad más sutil y ayuda a guiarla, y a veces se nos lleva amarrados (sobretodo amarradas) de ella en un arrebato. Como ya aprendió toda una generación, nos enseña a hacer el amor y no la guerra, y parece que eso nunca lo hemos olvidado.