De forma general, la accesibilidad y el número de sustancias psicoactivas susceptibles de ser utilizadas con fines recreativos se ha multiplicado de forma exponencial durante la última década.

Nuevas drogas: de los Research Chemicals a los Legal Highs

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De forma general, la accesibilidad y el número de sustancias psicoactivas susceptibles de ser utilizadas con fines recreativos se ha multiplicado de forma exponencial durante la última década.

El factor decisivo para este fenómeno lo constituye la generalización del uso de Internet, que facilita tanto el acceso a la información como las transacciones económicas ha creado un mercado global de bienes y servicios, que incluye a muchas sustancias psicoactivas novedosas. De la misma forma que la Red permite el acceso a una subasta de obras de arte, un supermercado de productos exóticos o a una tienda de moda en la otra punta del mundo, el acceso a nuevas drogas resulta más rápido y sencillo que hace diez o quince años. Además de Internet, otros factores importantes son la generalización de patrones de consumo no problemáticos de drogas vinculados al ocio o la falta de credibilidad de los agentes preventivos tradicionales.

Hasta mediados de la primera década del siglo el fenómeno se reducía a unas pocas páginas web que, de forma más bien discreta, suministraba feniletilaminas y triptaminas (sustancias con efectos de tipo psicodélico) entre personas interesadas en estas sustancias. En general se trataba de drogas relativamente novedosas, pero sobre las que existían algunos datos sobre sus efectos y riesgos en humanos y que, en cualquier caso, eran utilizadas por unos pocos psiconautas experimentados que sabían que se traían entre manos y buscaban información fiable en la propia Red sobre estas Research Chemicals (fármacos de investigación), nombre con el que se bautizó este grupo de sustancias. El fenómeno no atrajo el interés de los medios de comunicación y pasó desapercibido para el público general.

Las autoridades antidroga manejaron este fenómeno con la escasa inteligencia y falta de habilidad que les caracteriza. Muchos Research Chemicals eran sustancias legales o de legalidad indeterminada y la respuesta oficial fue prohibir todas las sustancias que se estaban comercializando a través de Internet, cerrar las páginas web donde se vendían y perseguir penalmente tanto a los vendedores como a los compradores. En Julio de 2004, la DEA (Drug Enforcement Administration, máxima autoridad antidroga estadounidense) desarrolló la conocida como Operación Web Tryp, por la que clausuró cinco páginas web dedicadas a la venta de estas sustancias, imponiendo sanciones millonarias y acusando con penas de cárcel a los responsables de las páginas. Los datos procedentes de las tarjetas de crédito de los compradores llevó a la detención y registro domiciliario de al menos 20 personas en Reino Unido, acusadas de haber comprado algunas de estas sustancias.
La Operación Web Tryp pretendía servir de escarmiento y advertencia para aquellos interesados en comerciar con psicoactivos a través de Internet. Desde hace un siglo sabemos que la ilegalización de las drogas no ha conseguido que éstas desaparezcan del mercado y produce además efectos más perniciosos que los males que se pretenden evitar. En este caso, la Operación Web Tryp sirvió para que el público general se enterara de un fenómeno que hasta entonces había permanecido restringido a círculos muy concretos. El caso de los Research Chemicals no iba a ser una excepción y tras una corta temporada de calma relativa el fenómeno se reactivó, pero esta vez de forma generalizada.

Los Research Chemicals se rebautizaron como Legal Highs (lo que podríamos traducir como pelotazo o pedo legal) desde mediados de 2008. Las nuevas drogas pasaron a venderse como inciensos, sales de baño, aromas o hierbas, especificando en su composición que se trata de “productos de coleccionismo no aptos para el consumo humano”, lo que exime de responsabilidad a los vendedores. Pero en realidad los nombres comerciales, los envoltorios y la publicidad de estas sustancias sugiere claramente que se trata de productos para ser ingeridos, esnifados o fumados.

Si hasta 2005 los Research Chemicals tenían una composición química pura y definida, la de los nuevos Legal highs es imprevisible. Los productores van buscando drogas no fiscalizadas, sin importarles ningún otro tipo de consideración. En muchos casos se trata de productos que jamás han sido probados en humanos y sobre los que, en el mejor de los casos, sólo existen algunos ensayos en animales de experimentación. Los envoltorios de estos productos no especifican su composición y, en los pocos casos que lo hacen, no coinciden con el contenido real de los productos. Mefedrona, flefedrona, metilendioxipirovalerona, metoxetamina… son algunas de los compuestos químicos detectados en estos productos que pueden adquirirse con una tarjeta de crédito y un par de clicks en webs visualmente muy atractivas y que emplean estrategias comerciales del estilo oferta de la semana, pague dos y lleve tres…

Los nombres de estos productos y sus envoltorios toman elementos estéticos de las drogas ilegales, a las que intentan emular. Algunos de ellos se venden como pastillas o cápsulas que pretenden imitar la forma de presentación del éxtasis. Otros, se venden en polvo compuesto de estimulantes artificiales y anestésicos locales imitando al speed o la cocaína. Y un tercer grupo está compuesto de mezclas de hierbas para ser fumadas, emulando al cannabis. Estas mezclas herbales contienen cannabinoides sintéticos muy potentes, que producen efectos a dosis bajas y que pueden utilizarse a través de la vía fumada.

Así, el consumo de Legal Highs es, objetivamente, mucho más peligroso que el de drogas ilegales clásicas como el éxtasis, el cannabis o la cocaína. Centrándonos en el caso del cannabis, su uso está documentado desde hace más de seis mil años. Sus principios activos están claramente determinados y existen miles de artículos de investigación científica que han explorado sus efectos y sus riesgos desde todas las perspectivas posibles. Por el contrario, los cannabinoides sintéticos son sustancias extraordinariamente potentes y de efectos y riesgos desconocidos. En muchos casos se trata de compuestos químicos que han creados por la industria farmacéutica pero no han llegado a ser probados en humanos ya que no se pensaba que pudieran tener ninguna utilidad terapéutica. Se tiene constancia de la presencia de cannabinoides sintéticos en el mercado recreativo desde el año 2004, cuando fueron detectados y analizados por primera vez por parte del Psychonaut Web Mapping Research Project (un programa financiado por la Unión Europea para monitorizar la presencia de nuevas drogas a través de Internet). Una compañía inglesa llamada The Psyche Deli comenzó a vender entonces a través de la web un producto llamado Spice en el que se detectó por primera vez la presencia de cannabinoides sintéticos. Según el Financial Times, el valor de la compañía había aumentado de 65.000 libras esterlinas en 2006 a 885.000 en 2009. En 2009 el uso de cannabinoides sintéticos se detectó en 21 de los 30 Estados de la Unión Europea y, según algunas encuestas, habrían sido utilizados por el 5-10% de algunos grupos de jóvenes.

Los medios de comunicación han contribuido también a la expansión del fenómeno, con noticias frecuentes sobre el tema que a veces parecen más destinadas a hacer publicidad del fenómeno que a informar sobre él. Como si se tratara de la nueva colección de Armani o Calvin Klein, los cannabinoides sintéticos se han presentado como la última moda en drogas, transmitiendo la sensación que se trata de un fenómeno más generalizado de lo que en realidad es. Y tanto los medios de comunicación como las autoridades antidroga señalan siempre que las drogas son “muy peligrosas”, “tóxicas”, “con riesgos desconocidos”… Esta estrategia preventiva se conoce con el eufemismo de elevación de la percepción del riesgo, aunque la palabra más sencilla para explicarlo sea “miedo”.

Así, de cara a los potenciales consumidores de drogas, tanto los organismos e instituciones sanitarias como los medios de comunicación no constituyen una fuente fiable de información. Después de décadas exagerando los peligros de las sustancias psicoactivas han perdido toda credibilidad. En el caso de los cannabinoides sintéticos, la combinación de sustancias potencialmente tóxicas con una elevada facilidad para su acceso es un motivo real para la alarma. Pero es probable que los mensajes preventivos tengan ahora poco impacto.