Los psicodélicos, sustancias como la LSD, la psilocibina, la DMT o la MDMA entre otros, son un tipo de alucinógeno que crea en el sujeto un estado “elevado” de conciencia.

La terapia con psicodélicos (1): introducción a su historia

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Los psicodélicos, sustancias como la LSD, la psilocibina, la DMT o la MDMA entre otros, son un tipo de alucinógeno que crea en el sujeto un estado “elevado” de conciencia.

En nuestro imaginario occidental estas sustancias son rápidamente asociadas con la risa, el delirio, la locura y más recientemente con los hippies, características que a simple vista no hacen intuir una función terapéutica. Pero esto son sólo prejuicios -y muchos de ellos completamente fuera de lugar- que hemos de revisar a la hora de hablar de estas sustancias, ya que por desgracia el prohibicionismo y otros tipos de fanatismo han puesto muchos velos entre su realidad y nuestro trato con ellas.

Para empezar, los psicodélicos no tienen un efecto delirante, es decir, no hacen que se pierda la conexión con la realidad que nos rodea, sólo la distorsiona o expande nuestra percepción de ella. Otras plantas que sí son delirantes como la belladona o el estramonio, provocan un estado en el que el sujeto percibe un mundo completamente distinto al que le rodea, en el que no sería, por ejemplo, capaz de reconocer que está al borde de una escalera, o desnudo, o las típicas locuras que popularmente se muestran en películas y propaganda prohibicionista similar.

Aunque hay otras sustancias a camino entre los psicodélicos y los delirantes, no vamos a incluirlas en el análisis de la terapia con psicodélicos ya que su uso con tales fines tiene bastante menos investigación. Estas sustancias serían las que provocan un efecto disociativo, entre las que se encuentran algunos enteógenos (alucinógenos de uso tradicional) como la salvia o la amanita, y sustancias como la ketamina y el PCP. Muchos individuos remiten estados de conciencia elevada en el consumo de estas sustancias y las distinguen por completo de la disociación patológica, pudiendo además recordar bastante parte de la experiencia tras la misma.

Otro de los prejuicios a derribar sería la creencia de que los psicodélicos te vuelven loco, pero ese ya os lo tira por tierra el Doctor Fernando Caudevilla en este artículo suyo.

El concepto de la terapia (o psicoterapia) con psicodélicos sería introducido en la comunidad científica por una generación de psicólogos y psiquiatras como Timothy Leary o Stanislav Grof, que pudieron tener acceso a sustancias como la LSD y la psilocibina antes de que fuesen prohibidas en 1968. Ambos encontraron en estas sustancias experiencias que ayudarían al paciente de diversas formas y contra algunas patologías mentales. Leary llegaría a promover la experiencia psiquedélica como estrategia de crecimiento personal e incluso fundaría una religión basada en la LSD con la finalidad de que el gobierno les dejase seguir consumiéndolo, y con no poca teleología detrás.

Las ventajas que encontraron en estas sustancias, que eran capaces de crear un tipo de terapia completamente diferente y más profundo que el habitual, eran sus capacidades de alterar la percepción del espacio y el tiempo, primando este último al conseguir en sesiones terapeuticas de horas un recorrido del pensamiento y aceptación de nuevos paradigmas que normalmente el sujeto tardaría incluso meses de terapia en asimilar. Esto no sólo se debe a la alteración de la percepción temporal y el pensamiento acelerado, sino también a la gran capacidad de los psicodélicos de romper nuestros esquemas culturales y quitar así la barrera de prejuicios o hábitos intelectuales que no nos dejan expresar por completo nuestras emociones o experimentar en totalidad nuestro propio pensamiento.

Estos doctores no encontraron la terapia por casualidad, otros científicos como ellos, interesados en los enteógenos y la síntesis de sustancias medicinales partiendo de los mismos, habían estado durante varias décadas tratando con sus vecinos del continente del sur, buscando entre los resquicios de las culturas precolombinas el uso ritualístico que los chamanes hacían de ellos.

Los etnobotánicos buscaban medicinas, pero los antropólogos ya habían encontrado mucho más. Ciertas tribus de cazadores-recolectores como los jíbaros fueron fuertemente documentadas en su uso de alucinógeos y muchas otras más desarrolladas seguían usando los alucinógenos como proceso de inmersión cultural, para reafirmar las enseñanzas ancestrales y superar así las situaciones de depresión o desorientación existencial y volver a ocupar su papel en la sociedad que conformaban. Estas prácticas eran (y siguen siendo en sitios como Mexico y Perú, entre otros) habituales, y formaban parte al mismo tiempo de la medicina y la religión, haciéndolas una base integral de la concepción del mundo de estas culturas, además de uno de los sacramentos y más tarde, terapias, más aceptados.

En América se registran usos rituales de plantas de todo tipo, como por ejemplo el conocido peyote de los huicholes o el ololiuqui de los aztecas -las conocidas morning glory, semillas que contienen un precursor de la LSD-, la extendida ayahuasca que recorre la rivera del amazonas y por supuesto muchos tipos de setas -como las psilocíbicas usadas por María Sabina-, los tabacos psicoactivos y por supuesto el cannabis. Estos no son los únicos alucinógenos usados de manera medicinal, pero la biodiversidad es tan grande que no cabe en este artículo pararse en todos ellos.

Aunque estas prácticas ya ponen de manifiesto la utilidad que los psicodélicos pueden tener, no hay que dejar de lado el otro tipo de uso tradicional que se da de forma más aislada, que es el que lleva a cabo el chamán en sí mismo y sobre sus aprendices a través de los ritos iniciáticos. Estos suelen ser bastante más intensos que los de curación aplicados a los no-iciniados, y son relacionados (por los idividuos que los practican) con la curación de enfermedades de todo tipo, pero también con los descubrimientos de saberes, entre ellos el de la curación a través de los rituales.

Para muchos pueblos de América, el psicodélico es fácilmente relacionado con estos dos conceptos, la medicina y la religión. Algo que a priori al Europeo de los últimos siglos le parece como poco absurdo. Esto no se debe sólo a la gran abundancia de sustancias psicoactivas que pueden ser encontradas en los continentes americanos, sino a una aparente censura, u olvido, de las propiedades que tienen los que tradicionalmente han sido usados en nuestro continente y los colindantes. Y es que sí que existen bastantes sustancias como las usadas en América; no tenemos mescalina pero no nos falta la psilocibina en el centro de Europa; no hay tabaco ni caapi, pero sí mucha ruda siria que haga de inhibidor MAO desde hace tiempo; las amanitas abundan; y la LSD fue sintetizada del cornezuelo, que parasita los cereales de media Europa.

Existen más sustancias “divertidas” en la farmacopedia del viejo continente, muchos pesarán en la absenta y por supuesto el “cáñamo índico” como se llamaba a nuestra querida marihuana psicoactiva, estas, que nos son más reconocibles, nos los son por la persecución que han recibido.

Efectivamente, sabíamos del uso medicinal del psicodélico en Europa, pero por una razón o por otra -saca tú tus propias conclusiones- lo hemos olvidado.

Esto se puede apreciar si retrocedemos a los usos de estas sustancias antes de y durante la edad media, época en la que comienza a ser perseguido el “paganismo”, religiones diferentes a la cristiana que habitualmente usaban este tipo de sustancias. Empieza, literalmente, la caza de brujas y todo resquicio de conocimiento céltico y/o oriental es atacado y barrido de la faz de la tierra, con la contundencia que fuese necesaria.

Anteriormente a este periodo podemos encontrar varias formas de uso de los psicodélicos entre las prácticas de los druidas, así como el consumo de la amanita muscaria se extiende por todo el continente y también a Asia y representa un papel clave en el desarrollo de la vida de los esquimales siberianos. Pero una de las prácticas más significativas de uso de psicodélicos es la que se sabe que se producía en el templo de Eleusis, en la antigua Grecia, muy cerca de Atenas. En los ritos de Eleusis, que se celebraban una vez al año y a los que sólo podían tener acceso los iniciados en los misterios, se practicaba una ceremonia de nueve días que acababa con el consumo del kykeon, una bebida a base de agua, harinas y poleo menta, que producían la entrada del iniciado en un trance de lo que se sospecha LSA, extraído del trigo cultivado alrededor del templo.

Estas prácticas tuvieron una fuerte transcendencia entre los ciudadanos de diferentes polis griegas, que peregrinaban a veces en busca de la experiencia que muchos decían tener que pasar al menos una vez en la vida.

Ya en la actualidad, los occidentales, aunque hayamos olvidado en gran parte el uso que hemos hecho durante tanto tiempo de los psicodélicos, hemos vuelto a encontrarnos con ellos. Siempre han estado ahí, a la mano de uno u otro uso religioso o bajo su manto, pero ahora, con una prohibición absurda y unas necesidades de re-encuentro con nosotros mismos que una cultura tan disgregada y relativizada como la nuestra no puede cubrir, es cuando nos hacemos cargo de reencontrarlos. Por desgracia muchos lo hacemos igual que los primeros druidas, a base de ensayo y error y con auto-experimentación.

Pero por suerte parte de la comunidad médica y de la sociedad civil han decidido comprometerse con la información y la búsqueda del bienestar que muchas veces ha sido encontrado en el psicodélico, así, organizaciones como ICEERS o MAPS, estudian con una gran metodología científica -que no encontraréis en este artículo- el uso de sustancias como la MDMA para tratamiento de ansiedad social o la LSD y la psilocibina como ayuda para asimilar la muerte al enfermo terminal, además de defender los usos de nuestro querido cannabis y otras muchas grandes investigaciones que están por venir y darán esperanza y ayuda a personas que de verdad lo necesitan y al conjunto de nuestras sociedades.