Segunda y última entrega de los artículos de Rafa Martín sobre la mítica serie The Wire y su relación con el mundo de las drogas.

The Wire (2): Me queda un subidón

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-CONTIENE "SPOILERS"- Segunda y última entrega de los artículos de Rafa Martín sobre la mítica serie The Wire y su relación con el mundo de las drogas.

Sobre los adictos.

La salvación de Bubbles (Andre Royo, en la foto superior), el drogadicto por excelencia de The Wire, llega en forma de Walon, interpretado por el cantante -- y ex drogodependiente en la vida real -- Steve Earle.

Sucede en la temporada 5, en la que Bubbles acude a una reunión sin más expectativas que las de pasar el día y cumplir con los pertinentes requisitos legales. Muchas cosas en The Wire suceden así, a través de calculadas coincidencias.

Hay algo en Walon -- descrito como un paleto de las montañas, enorme, barrigón, pelo lacio y barba espesa -- que resuena en Bubbles.

"Llevo limpio menos de 24 horas y sigo completamente convencido de que mi enfermedad todavía quiere verme muerto. Aquí estoy, hablando con vosotros, pero sé que en el aparcamiento de al lado mi enfermedad está haciendo flexiones y chutándose esteroides para patearme el culo", dice Walon, que resume en dos minutos -- otra virtud de la serie, la condensación cuando toca -- años de padecimientos.

"He perdido una buena esposa y a una mala novia y el respeto de cualquiera que me ha hecho nunca un favor. Si Dios no hubiera querido que estuviera colgado, no habría hecho que 'estar colgado' fuera una sensación tan perfecta"

Walon es el Johnny Cash de The Wire, un artista que empeñó su guitarra y vendió su alma a cambio de las drogas. No es una serie que se ensañe con las pérdidas cotidianas (que en realidad, abundan en el fondo de cada plano), sino que hace especial inciso -- recordemos: sus responsables tienen una intención artística -- en la pérdida de la creatividad, de las características que nos vuelven únicos, especiales y admirables.

walon

"Solo me queda un subidón más", dice Walon. Y Bubbles comienza un proceso de transformación que solo completará a base de inmensas pérdidas, a veces más grandes que la de cualquier protagonista del triángulo de narcotraficantes con el que abrimos esta serie de comentarios.

The Wire es una serie que mira con cariño a sus víctimas pero que no esconde los golpes. No obstante, es una serie profundamente concienciada con un problema que necesita, quizás, de soluciones arriesgadas y alternativas, que rayan en la locura, como la creación de una "zona libre" (Temporada 3) en la que se permite el tráfico 'de facto' de drogas en una porción de Baltimore llamada Hamsterdam -- como la ciudad holandesa, con hache --, una suerte de Barranquillas donde las fuerzas de la Policía no tienen toda la potestad para actuar siempre que los traficantes no usen la violencia ni extiendan la zona de distribución más allá del límite.

Por lo demás, el mencionado cariño de The Wire no queda en vacío. Lo que en los momentos iniciales de la primera temporada son apuntes aislados -- "Hay una fina línea entre el cielo y esto, ¿verdad?", dice Bubbles al detective McNulty, a quien informa religiosamente de los sucesos del barrio, tras acompañarle a un partido de fútbol "en otra vida" donde juega el hijo pequeño de este último-- evoluciona a una suerte de picaresca en la que la serie nos enseña cientos de trucos no solo para engañar a los narcotraficantes, sino para conseguir infiltrar a agentes en un mundo que les sigue resultando ajeno, a pesar de su experiencia.

Está por ejemplo el fantástico momento en el que Bubbles explica a un agente infiltrado cómo debe vestirse y actuar para conseguir una dosis. Con sus desmanes y su percepción habitual, Bubbles le dice que se fije en un detalle fundamental: las suelas de sus zapatos, que deberían tener entre la goma los viales rotos de droga que un supuesto drogodependiente debería pisar cuando camina por el barrio. Son lo que llaman -- nuevamente, la precisión, "los soldados muertos -- ".

"Me queda un subidón", dice Walon. "Lo que no sé es si me queda otra recuperación. Si hay alguien aquí que esté viendo que el fondo se les echa encima… estoy aquí para hacer que entréis en razón. No me importa quienes sois, lo que habéis hecho o a quién. Si estáis aquí, conmigo, yo también".

Y Bubbles lo hace. Y Bubbles pierde. Y Walon -- y este es un momento extraordinario de la serie -- se interpone entre su amigo y la muerte, como decía Garth Ennis en Predicador.

"No hay verguenza en agarrarse a la culpa", dice Bubbles, meses después, "siempre que dejes sitio para otras cosas, también".

En una serie generacional como es The Wire, sabemos que, en el panorama de las cosas, el triunfo de Bubbles es pasajero. Pronto aparece una especie de sustituto, otro drogadicto afable, otro conocedor de los bajos fondos. Sucede con el resto de personajes de la serie. Pero el caso especial de Bubbles es que se trata prácticamente del único triunfo humano y por lo tanto merece ser puntual y respetado.

"He dejado un rastro de fuego detrás de mí", relata Bubbles en lo que parece casi una elegía. "El tiempo lo cura todo, supongo. Y también me curará a mí". Una reflexión que acaba convirtiéndose en un momento también puntual: el primer momento en el que decidió ser feliz sin volver a la aguja. "Porque si lo hiciera, nunca volvería a recuperar esa gran sensación que tenía cuando recordaba el pasado". Hay un círculo. Y Bubbles lo ha roto.

Así concluye nuestro repaso a la forma polifacética en la que The Wire se construye sobre el mundo de las drogas, como un negocio, como una travesía por el desierto, como un engranaje que, en ocasiones, parece casi imprescindible para el funcionamiento de una sociedad que alivia sus problemas con anestesia. Esperamos que estas líneas os hayan servido para apreciar este pedazo de joya.

Sobre el autorRafa Martín es cofundador y redactor de www.lashorasperdidas.com, el blog de cine de la revista GQ.