Seguimos repasando los usos terapéuticos del cannabidiol (CBD) y dedicaremos este artículo al tratamiento de las drogodependencias.

Uso terapéutico del CBD (3): Drogodependencias

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Seguimos repasando los usos terapéuticos del cannabidiol (CBD) y dedicaremos este artículo al tratamiento de las drogodependencias.

La hipótesis más extendida sobre la neurobiología de las adicciones (y otros trastornos similares como la ludopatía o las “adicciones sin sustancia”) sostiene que éstos se producen por cambios en los sistemas cerebrales que regulan las conductas placenteras. Todos los vertebrados poseen un sistema cerebral llamado dopaminérgico-mesocorticolímbico que sirve para que algunas actividades necesarias para la supervivencia de las especies (comer, beber y reproducirse) sean especialmente placenteras. Comer cuando se tiene hambre, beber cuando se tiene sed o mantener relaciones sexuales no sólo sirven para subir la glucosa en sangre, regular la osmolaridad y recombinar genes. Además molan.

Esta hipótesis sostiene que algunas sustancias interfieren en este circuito biológico. En algunas personas el uso habitual de algunos fármacos o drogas interferiría sobre los circuitos neuronales y les llevaría a perder el control sobre ellas, desarrollando trastornos adictivos. No todos los científicos están de acuerdo con esta teoría (que muchas veces se presenta como verdad revelada y no como lo que es, una mera hipótesis de trabajo) ya que está basada en estudios sobre animales de experimentación. Pero en el momento actual constituye uno de los paradigmas en los que se basa el tratamiento del modelo biológico de las adicciones.

El descubrimiento del Sistema Cannabinoide Endógeno sirvió para añadir algunos matices a esta hipótesis durante la década pasada. A nivel molecular, el CBD actúa como un agonista inverso débil de los receptores CB1, estimula otros receptores supuestamente involucrados en los mecanismos que perpetúan las adicciones (como el receptor transitorio potencial vainilloide 1, TRVP-1), el sistema del glutamato, los del sistema opioide o los receptores serotoninérgicos 5-HT1A. Aunque resulta complicado de explicar para personas sin conocimientos profundos de neurobiología, estas propiedades hacen que, a priori, el CBD pudiera resultar un compuesto interesante para el abordaje de los trastornos adictivos.

En animales de experimentación se ha demostrado que el CBD tiene efectos sobre los comportamientos adictivos relacionados con opioides. También se ha comprobado que, al menos en ratas, el CBD atenúa algunos síntomas del síndrome de abstinencia en ratas a las que se ha hecho adictas a la morfina. En los estudios, este efecto fue mayor cuando se administró una mezcla de THC + CBD a las ratas en lugar del CBD sólo. También existen algunos estudios sobre los efectos del CBD en los trastornos adictivos relacionados con estimulantes (cocaína y anfetaminas) o el propio cannabis, aunque los resultados son mucho menos concluyentes. Hasta el momento, no se han llevado a cabo estudios en animales que evalúen el papel potencial del CBD en relación con el tabaco, el alcohol o tranquilizantes de prescripción médica.

El problema con los estudios en animales es que pueden servir como una cierta orientación preliminar pero tienen muchas limitaciones. La más evidente es que los animales son muy distintos a los humanos. Las personas se comportan de forma distinta a los monos del zoo o las mascotas en sus hábitos alimenticios o sexuales, al menos en la mayoría de los casos. En los experimentos en animales suelen utilizarse electrodos intracraneales para medir los efectos, lo que es muy distinto a las condiciones en las que los humanos utilizan las drogas. Y aspectos como la motivación, las características de personalidad o las cuestiones de tipo familiar y social no pueden ser evaluadas.

Con respecto a los humanos, los datos son escasos y se han centrado en el tratamiento de la dependencia al cannabis. Como ya hemos señalado en algún artículo anterior, la dependencia al cannabis es un cuadro poco frecuente, considerando las elevadas frecuencias de consumo de esta sustancia. El problema es que con frecuencia se considera “dependiente” a cualquier usuario de cannabis sea cual sea su pauta de consumo, lo que dificulta diferenciar entre los patrones de consumo responsables y adaptados (la mayoría) de aquellos en los que el uso de la sustancia supone un problema y el usuario ha perdido el control sobre la sustancia.

Un caso anecdótico publicado en el año 2013 relata el caso de una mujer de 19 años que era incapaz de dejar el cannabis por los síntomas de abstinencia que le producía. Se le administró CBD por vía oral durante 11 días, entre una dosis de 300 y 600 mg. No aparecieron efectos adversos significativos, los efectos de abstinencia fueron menores a los que presentó en intentos previos y al sexto día estaba libre de ningún síntoma negativo. El seguimiento a los 6 meses reveló que la chica había vuelto a fumar pero con una frecuencia mucho menor (1-2 días a la semana en lugar de todos). Con los datos disponibles es imposible saber si el CBD produjo algún efecto o la atenuación del síndrome de abstinencia (que, recordemos que en el caso del cannabis no está aceptado por todos los científicos de forma unánime) se puede explicar por el efecto placebo. Tampoco puede asegurarse que exista relación entre el uso del CBD y la disminución en el uso de cannabis a medio plazo, o si más bien se trata de la evolución natural del uso de cannabis con la edad. En definitiva, el estudio aquí descrito se trata de un hallazgo anecdótico con poca relevancia a nivel práctico.

Con respecto al alcohol, no hay estudios sobre sus posibles aplicaciones en el tratamiento del alcoholismo. Tan sólo un pequeño ensayo clínico realizado en 1979 en el que se estudiaba si existían diferencias al utilizar alcohol o alcohol + CBD. Los resultados de la investigación, llevada a cabo sobre 10 pacientes, no mostraron diferencias entre los efectos del alcohol sólo y de la combinación. Curiosamente sí que se encontró una disminución de la concentración de alcohol en sangre en aquellas personas que habían tomado CBD, lo que sugiere que los mecanismos farmacológicos deberían ser estudiados con mayor profundidad.

Más interesante resulta otro estudio realizado en humanos y también publicado en el año 2013 que buscaba evaluar el impacto del CBD en la dependencia a tabaco. Un grupo de investigadores del University College de Londres se propuso medir el efecto del CBD en personas que deseaban dejar de fumar. En este caso no se trató de una comunicación anecdótica, sino de un ensayo clínico bien diseñado en el que se administró CBD por vía inhalatoria (en dosis de 400 microgramos por inhalación en un dispositivo específico) o placebo a un grupo de 24 fumadores de tabaco que deseaban abandonar el hábito. Se les indicó que debían utilizar el inhalador cuando tuvieran ganas de fumar, apuntar el número de veces que fumaban y utilizaban el inhalador, y también que midieran en una escala sus “ganas de fumar”. En los resultados del estudio y después de 2 semanas, los que utilizaron el spray de CBD habían fumado un 40% menos de cigarrillos de tabaco en comparación con los que utilizaron el placebo, y también la sensación de ansiedad producida por la abstinencia fue menor en el grupo del CBD durante la primera semana.